El valor del tiempo

De lo que voy a hablar hoy es algo que no suelo hacer, porque lo desarrollaré mucho más profundamente en el libro del preso. Pero lo hago en parte para dejar un memorándum sobre algo que reflexionar más atentamente. Estará mucho más desarrollada en el libro, lo prometo.

Siempre se ha dicho que el tiempo es oro. Es una frase con la que todo el mundo está de acuerdo. Pero generalmente te lo pagan entre 8-20 € la hora. Sí, tiene precio. Especialmente cuando aportas algo a alguien. En ese momento, el tiempo cobra un valor tan tangible, o mejor dicho, igual de tangible que un billete. De hecho, en un billete. Estamos dispuestos a vender nuestro tiempo de trabajo, pero nuestro tiempo libre funciona de forma distinta.

Recalcaré esa última idea: nos da “lo mismo” tener que trabajar parte de nuestro tiempo para ganarnos el jornal, porque entendemos que ese tiempo vale algo y nos lo pagan. Pero en el momento en el que te ofrecen una recompensa por esos mismos 20€ o la opción de trabajar tres horas por tenerla… visto así parece un poco absurdo. Pero os pongo un ejemplo:

En el caso del videojuego del League of Legends, es un videojuego completamente gratuito. De verdad, es completamente gratis. Y ofrecen unos “aspectos” o variaciones para los personajes que sí que cuestan dinero, pero no modifican las características de los mismos. Dichos aspectos pueden ser “regalados” de una cuenta a otra, y valen RP (que a su vez valen dinero). La trampa está en que al crear una nueva cuenta, te regalan 400 RP (que es dinero suficiente para un aspecto barato en oferta). 400 RP no llega a 2€ en la vida real.

Pues no es raro encontrar a gente que prefiere jugar una parte sin competencia, llena de quejas y sin emoción ninguna con tal de ahorrarse dichos dos euros. Y el proceso son más de 12 horas. Es decir, un tiempo de tedio que vendemos a 0,17 cent la hora. Pero nos ahorramos 2€.

Hay casos mejores. Los P2W. Pero no entraré demasiado en el tema. Porque no es eso lo que quiero discutir.

El caso es que, en el momento en el que le damos a nuestro tiempo libre ese valor, parece no importar. Solo queríamos lucir algo especial para nuestro personaje y apoyar un poco a los creadores del juego (que ya no necesitan demasiada ayuda, dicho sea de paso) pero hemos encontrado la forma de engañar al sistema. Y valoramos más ese engaño que el dinero en sí. Es decir, hemos invertido ese tiempo en sentirnos bien.

¿Qué son, a fin de cuentas, esas 12 horas en el conjunto de la vida? Nada. 12 horas no llega a un día. Hay 730 subconjuntos de 12 horas en un año.

Pero quiero seguir tomando dicha referencia de las doce horas. Si lo ves como una escala dentro de un año, para una persona de unos 20, no resulta gran cosa. Pero para un niño de cinco años… 12 horas son un suplicio. 12 horas de una actividad que no les gusta especialmente. No aguantan tanto por una recompensa, por jugosa que sea.

Creo que el tiempo lo medimos en comparativa. No nos importan esas 12 horas porque pensamos en las posibles miles que hemos utilizado en total en el videojuego. Pero si las 12 primeras horas fueran así… nunca se hubiese dado. Qué diablos, ni si las segundas 12. No. Hacen falta una decena de 12 horas (120 horas, por poner un número relativamente grande) para que realmente esas 12 horas pierdan importancia.

En definitiva, el tiempo se suma siempre en retrospectiva.

Pensadlo detenidamente. Cuando teníais 10 años, ¿qué pensabais que llegaríais a ser cuando pasaran 10 años más? ¿Cuántos pensaban, sinceramente, que seguirían estudiando, cosa que una importante parte estaba haciendo aún? Y si lo pensábais, os parecería una eternidad. No os merecería la pena el sacrificio. Quizás alguno pensaba en “La Universidad” como algo tan distinto al colegio que os merecía la pena solo la imaginación.

Ahora pensad en 10 años vista. Sigue siendo una medida larga. No tenéis ni idea de dónde estaréis, pero podéis imaginar un futuro coherente (dentro de la estabilidad que permite el mercado laboral actual), que probablemente no cumpláis.

Pero ahora pensar en un anciano de 80 años. En sus 10 años vista. Solo podéis pensar una dicotomía prácticamente: vivo o muerto.

Cambiad ahora el ejercicio mental. Pensad en el día siguiente (partiendo de que es un día libre). En el día siguiente de cuando teníais 10 años. En el día siguiente de cuando tengáis 80 años. El día ha perdido valor. Cuando lo veis desde el punto de vista de 80 años, ese día no significa nada. Llevaréis 29220 días a vuestras espaldas. ¿Qué será el día 29221 que no hayas visto en los días previos? Sin embargo, esa misma perspectiva cuando llevas 3652 días te parece nueva.

Establecemos la rutina. El paso del tiempo nos acaba venciendo a todos. Dejamos que el tiempo deje de tener el valor. Para un niño el tiempo vale muchísimo más. Lo aprecia más. Por eso puedes castigarlo 10 minutos mirando la pared. A un anciano le dará igual dejar la vista en la pared esos 10 minutos.

El tiempo no vale oro, no vale dinero. El único valor del tiempo es el propio tiempo vivido.

El respeto y la furia

Es tarde, pero no puedo evitar pensar en algunos de los temas candentes de hoy en día. ¿Por qué? Porque me enfurecen. Me enfurecen las ideas contrarias a las mías, especialmente cuando no están bien planteadas ni desarrolladas, especialmente cuando no dicen nada, excepto repetir lo que tantas veces se ha dicho sin que haya ningún nuevo argumento, como si lo que hubiesen dicho fuese la primera vez que saliera de sus bocas. El efecto turba, supongo.

Y en ese momento, me invade la furia. La furia es algo incontrolable, al menos, la sensación. Los actos movidos por la furia pueden controlarse. O mejor dicho, canalizarse. Cualquier psicólogo sabrá explicaros esto mejor que yo. Pero no es de esto de lo que venía a hablar.

Venía a hablar del respeto, principalmente. Porque puede ser que no lo entendáis de esta forma, pero probablemente, cuando discutáis con esa persona, vuestros argumentos sean similares para la mente del otro: la mayoría de las cosas que digáis ya la habrán oído. Y eso les enfurecerá, de la misma forma que os enfurece a vosotros. Por eso existe el respeto.

La furia es animal, porque somos animales. Pero el respeto es humano. El respeto es racional, y nos debe imprimar ese carácter de sensatez en nuestras acciones movidas por los sentimientos con la intención de damnificar a alguien. Así que respirad hondo, y calmaos. Si no coinciden con vuestras ideas, respirad hondo, y exponed las vuestras. No las que habéis oído, sino las que creáis propias.

La verdad es que es un consejo básico, pero hoy me han insultado como que nueve veces al exponer mis ideas. Y nueve personas distintas (o la misma con nueve cuentas, nunca se sabe). Porque así impone sus argumentos.

Y la verdad, no sé por qué os escribo esto.

Bueno, en el fondo sí lo sé, para canalizar mi furia, y no descargarla con esos nueve sujetos.

Sobre la publicación en Wattpad

Como muchos de vosotros sabréis, estoy subiendo regularmente capítulos del libro a la plataforma de wattpad en este enlace. Sin embargo, voy a anunciaros que debido al poco éxito que está teniendo (apenas hay visitas o comentarios) dejaré de subirlo una vez que llegue a la primera parte terminada. Esa era, en el fondo, la primera idea del libro: dividirla en tres partes.

El motivo es el siguiente: lo empecé a subir a dicha plataforma con la esperanza de que el libro recibiera una poca de promoción, y estaba dispuesto a renunciar a los beneficios que suponía dejar el libro completamente gratuito. Sí, beneficios. Porque 1000 páginas no se escriben solas.

De todas formas, dejo en ella unas 350 que ocupa la primera parte. Cuando termine el libro en su totalidad, podrá ser leído completamente en Amazon, aunque todavía no he decidido el precio.

Es una decisión que todavía puedo anular, pero que, viendo la aceptación general, dejaré que el libro se de a conocer mediante Amazon, y Wattpad se quedará como un inicio de la lectura. A los que me estabais siguiendo desde allí, lo lamento. Podéis contactar conmigo para cualquier sugerencia.

Gracias, y espero que lo entendáis.

Patriotismo

Antes de que nadie se altere o se relama, no voy a hablar de ninguno de los nacionalismos en particular, sino desde un ámbito general. De hecho, quizás el título adecuado sería “El tercer estrato de la pirámide de Maslow”. Pero tengo que ser un poco comercial, y este tema genera revuelo. Y lo que genera revuelo llama la atención. Y como una parte del blog es para llamar la atención sobre mi proyecto literario, lo llamaré patriotismo.

Tampoco es que el título sea impreciso, puesto que voy a tratar ese tema a nivel nacional, o mejor dicho, en la relación nación-individuo. Y es un tema que, aunque lleve meditando durante mucho tiempo, en el fondo pensé en como desarrollarlo ayer mientras escribía parte de mi libro. No os pondré en contexto, porque es parte avanzada, y eso sería destriparos el contenido del mismo. Pero resumámoslo de la siguiente manera: a todos nos gusta formar parte de un grupo.

Eso es, precisamente, de lo que trata el tercer estrato de la pirámide de Maslow. El estrato social o de pertenencia. Para el que no esté muy ducho en el tema, Maslow fue un señor estadounidense que agrupó las necesidades del individuo en una pirámide con estratos, y para pasar al siguiente, tienes que tener resueltos los anteriores. Sin embargo, en la sociedad moderna damos por sentados los dos primeros: fisiología y seguridad respectivamente. El tercero, la necesidad social o de pertenencia, también está fácilmente alcanzable. Y queda el de reconocimiento y autorrealización como metas que no todo el mundo alcanza (o mejor dicho, que solo se alcanzan en determinados momentos).

Pero centrémonos en el tercero. Mi razonamiento inicial comenzó con el debate político actual. O mejor dicho, con el debate político a lo largo de la historia. Cuando había que tomar alguna decisión, se cataloga siempre en una dicotomía: o esto, o aquello. Incluso cuando hay varias opciones, se suelen estratificar en varias dicotomías del tipo: Castigamos o liberamos. Si sale castigar: encerramos o matamos… etc. Cuanto más estratificada sea una decisión (y esta parte es opinión personal) más pierde el interés de la mayoría.

¿Por qué hacemos siempre esta categorización? Bueno, en el fondo porque el cerebro funciona mejor con un circuito Sí/No que con un análisis multivariable. De hecho, si tenemos que tomar una decisión difícil entre varias posibilidades, generalmente intentamos descartar todas hasta que nos quedamos con dos que realmente barajamos. Hasta los métodos psicológicos óptimos de toma de decisiones lo hacen de esta manera. Siempre dejan dos opciones y se analizan dos parámetos: pros y contras.

Obviamente, hay casos en los que la dicotomía es difícil, si no imposible. Y en esos casos buscamos los valores numéricos, de todas formas. Pero eso es otro apartado.

¿Qué tiene que ver todo esto con el patriotismo? Bueno, por la situación española actual. No conozco demasiado sobre las políticas internas de los demás países del mundo, pero en España es imposible escapar de la política. ¿Te gustan los toros? ¿Eres de izquierdas o de derechas? ¿Católico o ateo? Son temas de debate a los que rara vez puedes escapar. Y cada uno tiene su opinión. ¿Pero sabéis qué? A los demás no les importa la opinión si es compleja. Le importa la respuesta Sí/No. Y solo si dices algo en lo que no hayan pensado, entonces lo tendrán en cuenta. Por ejemplo, si a la pregunta ¿Católico o ateo? respondes: soy budista. Entonces te categorizan como ateo. Y un budista no es ateo, precisamente. Pero si respondes: me he planteado seriamente la existencia de Dios, y creo que hay algo allí, en lo que los católicos tienen la razón, pero no comparto todas las premisas de la Iglesia. Rompes la categoría. Algunos te categorizarán en un bando, y otros en otro.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el patriotismo, insisto? Bueno, porque el patriotismo español se basa en esa dicotomía. Ahora todo el mundo es muy patriota, aunque no de España como tal. Porque la idea de España lleva tanto tiempo dividida que, en el fondo, España empiezo a verla como que su signo de identidad es la división interna. Me recuerda a ese Atenas/Esparta. Y en ese momento en el que la España tricolor se encara con la España bicolor, empieza el conflicto. Porque es una dicotomía más.

Y en el fondo, el sentimiento de pertenencia viene dado por las dicotomías en las que coincides con los demás. Pero hay algunas que no son permisibles: por ejemplo, no puedes ser un amante de los animales y gustarte los toros. O no puedes ser republicano y gustarte los toros. O no puedes ser católico y estar en contra del aborto. Todos acabamos accediendo a esas dicotomías, en favor de sentirnos parte de un grupo.

Por eso el patriotismo da tanta guerra. Porque, en el caso de España, todos se sienten españoles, pero no coinciden en sus decisiones. Uno de los otros sobra, porque se siente español, pero republicano. O se siente republicano y ama el toreo.

Cuando la forma en la que, opino yo, hay que ver las cosas, es de una forma completamente distinta. La cultura va a existir siempre como distintivo, ya sea agrupada (por ejemplo, la cultura oriental) o individual (las tradiciones particulares de Priego de Córdoba respecto a los demás pueblos de España). Pero tenemos que buscar, incansablemente, ese sentimiento de pertenencia.

Y el toque especial a esto, que en el fondo no hay demasiada opinión personal en todo lo que acabo de comentar, es lo que pensé anoche mientras escribía. ¿Realmente es posible el sentimiento de permanencia a algo tan grande como una nación? En el fondo, todos somos individuales. Si nos dejan libre albedrío, podríamos dividirnos en dos grupos: los que respetaríamos la ley y los que buscarían su propio egoísmo. Sí, es una dicotomía, y realmente creo que, en ese aspecto, es independiente.

Pero, sinceramente, quien se siente comprometido con una nación: ¿no es más propenso a cumplir religiosamente lo que esa nación le exige a cambio de ese sentimiento de pertenencia? ¿Acaso no tienden los que la incumplen a agruparse en una legislación, fuera de la vigente, con sus normas internas propias que casi todos respetan? En ese sentido, me llaman especial atención las mafias: lo que diga la policía, el Estado, importa un rábano, pero lo que diga el jefe…

Por ese sentimiento de pertenencia, claro está. Porque le vas a hacer más caso a alguien que opine igual que tú sobre los toros, la religión, o el color de la bandera. Y creo que daría para otra entrada hasta que punto ese sentimiento de masa, de grupo, nos roba la individualidad, y todo a favor de, en el fondo, un sentimiento inevitable.

No puedo evitar pensar que, con todo nuestro razonamiento dicotómico, en el fondo no somos más que animales con lenguaje, cayendo en instintos un poco más complejos que los de ellos.

Moralidad, empatía y ética de los videojuegos.

Pese a lo tópico que pueda ser el tema, no voy a hablar de las consecuencias sobre la moralidad de los videojuegos. Eso entiendo que depende más de la persona que lo juega que del videojuego en sí. Es una reflexión que tuve hace mucho tiempo por una viñeta que me pasaron, ya ni recuerdo donde.

Podría haber titulado esa entrada como “la ética del PNJ” pero supongo que, como diría Chipi (un amigo mío) me he vuelto comercial. Porque si alguien que me está leyendo no entiende de videojuegos, ni siquiera sabe qué es un PNJ. Son las siglas de Personaje no Jugable. Y se puede confundir, además, con el PNG, formato de imagen. Pero sí, de lo que voy a escribir va a ser de los PNJ.

La viñeta en cuestión planteaba el dar o no dinero a un PNJ, sabiendo que efectivamente no tiene nada que darte a cambio. Solo porque te lo pedía. Y el autor sencillamente lo veía como una tontería. Pero yo no pude pensar en la reflexión que esto implicaba. En un juego quizás como el Legend of Zelda puede ser impensable, puesto que el personaje está despersonalizado (al menos hasta que incluyen el 3D) y no tienes afecto por el mismo, solo una misión que cumplir.

Pero en el momento en el que los juegos de rol empezaron a dominar el mercado, como el caso del FFVII, esto cambió radicalmente. Quizás, en primera instancia, porque los PNJ eran mucho más humanos (por la tecnología del momento) y además porque tu propio personaje tenía una personalidad, y te esforzabas por mantenerla. Si tu personaje era benevolente… ¿qué mas daban unos pocos guiles si te sentías mejor contigo mismo?

Sobre todo quiero poneros en los juegos de la que probablemente es mi compañía de videojuegos favorita: Bioware. Quizás porque son los más narrativos de todos, al menos desde el punto de vista de las posibilidades (si, Bethesda es mucho más abierta, pero no es nada narrativa. Y naughty dog igual de narrativa, pero no tan abierta). En concreto, en la saga Mass Effect. Al principio, conforme se iniciaba la historia, empezabas intentando pensar como tú. ¿Qué harías? Tu piloto ha sido impertinente contigo: ¿le respondo la impertinencia, la ignoro, o lo aviso? Es una decisión tonta, y escoges una de las tres opciones, sin darle la menor importancia.

Pero el juego avanza, y el piloto es impertinente, pero tiene buen corazón. Sencillamente no controla su sentido del humor. Ya sabes cómo es el personaje. Entiendes que te ha salvado la vida… y, al menos a mí, se me hace imposible reprenderlo por no respetar la autoridad.

Pero, diga lo que diga, yo sé que no se va a ir. No tengo miedo de perder al piloto. Sé que se mantendrá en la nave, diga o haga lo que haga. Pero aun así, soy complaciente con él. Porque es un gran personaje. Porque es divertido. Porque me siento bien.

Sí, la empatía es un sentimiento incontrolable. No es algo que entiendas, que puedas explicar. Se tiene o no se tiene, y a raíz de eso, decides ignorarla, vivir de ello… es como el amor. Solo que es un poco más difícil de enamorarte en un videojuego… o no. Pero esos son caso para Japón, no lo dejaremos aquí.

Siguiendo con el ejemplo del Mass Effect, son muchas las ocasiones en las que tienes las llamadas “elecciones morales”. Hay algunas que son fáciles, en el sentido de que solo se trata de decidir ser bueno o malo (algo fácil de decidir, sinceramente). Pero hay veces en las que tienes que decidir salvar a un miembro de tu equipo o a otro. A una raza entera o a otra. Si te lo pidieran nada más empezar el juego, lo puedes echar a suertes. Pero en el momento en el que sabes que no hay alternativa, que uno de los que te lleva acompañando durante 20 horas va a morir… y no puedes hacer nada por evitarlo…

Te crea impotencia. Una gran impotencia. Como si fueran personas. Y no son personas, por supuesto que no. Son personajes. Un grupo de personajes con el que te encariñas y eres incapaz de matarlo. De una forma similar a los que hace George R.R. Martin con algunos de sus personajes. Te crea un vínculo… para después destruirlo.

En el caso de los videojuegos, eso es mucho más personal. De alguna forma, tus decisiones afectan a los personajes que te rodean. Y si decidiste ser un capullo, verás que la mayoría de los que te acompañan se van convirtiendo, poco a poco, en capullos. Y si decidiste ser un buenazo, los que te acompañan serán unos buenazos. Aunque sin perder su propia personalidad.

Sea como fuere, estas decisiones de los videojuegos que aquí os he planteado (de forma general para evitar spoilers) me hicieron reflexionar mucho sobre ese sentimiento de empatía. Y sobre lo que supone para el ser humano sentir empatía. En primer lugar, la empatía está completamente arraigada en la moralidad. Sin empatía no podemos entender el bien y el mal más que como una lista categórica. Como los diez mandamientos. Con ella… bueno, la empatía es el principal incentivo a hacer las cosas bien. Por mucho que nos cueste admitirlo, especialmente a los ávaros, a todos nos gusta hacer el regalo perfecto y ver la sensación de felicidad en otra persona. O en otro personaje.

Porque esa empatía nos impide ser, en cualquier contexto, gente horrible. Y en el momento en el que nos entrenamos para dejarla de lado, o no nacimos con ella… bueno, tenemos cualquier villano que se precie.

El drama del castellano

He dudado durante bastante tiempo sobre cómo debía titular a este artículo. Quizás porque son dos pensamientos los que quiero compartir, y no suele haber espacio para ambos. El drama del castellano y el apogeo de la lengua sin fonética. Del mismo modo, no sabía con qué palabras comenzar el artículo. Y, ante la duda, quizás lo mejor sea empezar con la historia por delante.

Cuando se inventa la escritura, hace ya algún tiempo, la pretensión final es mantener por escrito los movimientos mercantiles. Es decir, un mero libro de contabilidad. Pero no pasa demasiado tiempo hasta que alguien ve el verdadero potencial de la lengua escrita: dejar un legado que supere generaciones. Las primeras briznas de la inmortalidad. Algo que podía competir con los pensamientos religiosos de la época.

Luego, el paso lógico, era el alfabeto. Hacerlo sencillo a todo el mundo. Que esas ideas difundan por el pueblo. Que aprender a escribir y a leer sea algo sencillo, al alcance de cualquiera. Para que esas obras no se inmortalicen en lugares privilegiados, sino en las mentes de todo el mundo. Sin embargo, no fue el paso lógico en el Lejano Oriente. Quizás porque pretendía, precisamente, que el pueblo llano no entendiera la escritura.

¿Por qué me he remontado tantos años?

Porque el objetivo final de un alfabeto era relacionar un sonido (o fonema) con un signo. Al principio fueron silabarios, que era lo mínimo que podían desglosar la palabra. De hecho, en Japón se quedaron ahí. Pero el paso último era que fueran un número mínimo de símbolos que memorizar. Un fonema para un símbolo.

Y se mantuvo esa norma estricta durante mucho años. Hasta que llegó el inglés.

Diría que no tengo nada en contra del inglés, pero mentiría. No tengo nada, y eso es cierto, en contra del ciudadano que habla el inglés. Y quizás no me molestara tanto si no nos obligaran a todos a hablar en dicha lengua de bárbaros (en el sentido romano de la palabra). Pero nos obligan.

El principal problema del inglés es que no tiene normas de pronunciación. La palabra “exit” se podría haber pronunciado como lo hace (siguiendo sus raíces latinas) o “ixait”, siguiendo lo que marca el alfabeto. (No pongo los corchetes porque no es una transcripción fonética exacta, de la cual se poco). Y el problema se expande, a veces, a las consonantes.

Por eso no me quejo ante el inglés medio. Supongo que durante la Edad Oscura, Britania sufrió lo mismo que las demás regiones romanizadas, con la premisa añadida de que era una de las regiones más alejadas de la influencia civilizadora de Bizancio, y que nunca llegó a ser, aunque sea parcialmente, reconquistada por los esfuerzos de Justiniano (ese gran olvidado en la historia medieval).

Pero cuando llegaron a estandarizar su lenguaje… ¿Por qué no remodelaron su escritura? ¿Por qué no hacerlo según unas normas de escritura básicas. La RAE en el siglo XXI admite almóndiga, pero ellos fueron incapaces, mientras la gran mayoría no sabía leer ni escribir, de unificar su lenguaje.

Esto no es más que una reflexión, en el fondo. Una crítica al sentirme impotente al encontrar una palabra en el idioma anglosajón y no saber cómo diablos se pronuncia. Quizás, si fuera el alemán el idioma dominante, me quejaría de la obsolescencia de las declinaciones.

Y a raíz de esto es de donde viene el segundo tema de esta entrada. El drama del castellano. ¿Por qué hemos dejado que el inglés sea tan importante en nuestra sociedad? Porque, sencillamente, las comunicaciones están en inglés. Cada vez nos importa menos que un texto sencillo no se molesten en traducirlo, ya sea Internet o en la televisión. Deberíamos saber inglés, ¿no? Y quien no lo sepa… bueno, tuvo su tiempo para aprenderlo.

Yo no opino así. Como decía Goyo Jiménez en uno de sus monólogos, el esfuerzo lo tiene que añadir el emisor, no el receptor. Si quieres transmitirme algo, que sea claro y conciso. Que a buen entendedor pocas palabras bastan, estamos de acuerdo. Pero no todo el mundo tiene que ser buen entendedor.

Y el culmen de esto, y por lo que me he decidido definitivamente a escribir esta entrada viene por la industria de los videojuegos. Porque han decidido que el español no les sale rentable como traducción. Y no me molesta que opinen así. A fin de cuentas son empresas. Lo que me molesta, sinceramente, es que la comunidad española no haya boicoteado dichos juegos. Claro que no. Porque entender inglés es de cultos, pero solo en España. Si el Age of Wonders está traducido al Polaco, al Ruso y al Francés, ellos, si son incultos, tienen derecho a jugarlo. Pero los españoles no.

Siempre nos gusta quedarnos con el consuelo del Quijote como emblema del castellano. Pero seamos justos, es el segundo libro más traducido. Insisto, traducido. Somos una cultura a la que le gusta compartir lo que tiene, pero a la que no le ofende cuando los demás no comparten.

Aunque esta última reflexión se va un poco por las ramas. Volviendo al tema central, muchos (o mejor dicho, pocos, porque sois pocos los que me leéis) pensaréis que es un caso aislado. Los tres últimos videojuegos que he estado a punto de comprar, no tenían la opción del castellano. No es tres de los últimos. Sino los tres que he mirado.

Sin contar, ni mucho menos, el doblaje. Pero eso sí que lo entiendo. No les merece la pena el doblaje. Muchos videojuegos tienen textos que no se van a llegar a pronunciar en la vida, y supone un esfuerzo brutal. ¿Pero cuánto cuesta un grupo de traductores? Nada. Porque aquí llega lo más interesante del asunto.

No solo no nos lo traducen ellos. Cuando la comunidad española se ofrece voluntariamente a traducir el juego, no nos dejan. Los motivos, personalmente, creo que son sencillamente que nos tienen como una comunidad tan apartada que no nos tienen en consideración, y dichas peticiones se pierden sin que lleguen a los oídos del que de verdad tiene que oírlo. Y en eso queda, en un deseo muerto.

Haría un llamamiento a toda la comunidad española a que pidiera ese tipo de cambio, al menos en títulos como SWTOR, financiados por gigantes como EA, se tomen el esfuerzo de traducir el juego. O los españoles tomen el esfuerzo de dejar de comprarlos.

Pero para eso haría falta que nos sintiéramos unidos. Y eso es harina de otro costal.

Las melodías desconocidas

Hoy me he despertado cansado. A muchos nos pasa, supongo. Hay días en los que desperezarse es más difícil que otros. Días en los que la promesa de algo nuevo no es suficiente para alejarnos de las sábanas. Hay días en los que lo mejor que crees que puedes hacer es quedarte en la cama, leer algo, escuchar alguna canción, y levantarte solo cuando el hambre venza. Para esos días, he encontrado una canción.

Y mientras la escuchaba, no he podido evitar preguntarme cuántas canciones como esta habrá realmente escondidas en lo más profundo de la web (o de youtube, en este caso), sin que nadie les preste la atención que merece. A mí, esta canción me motiva, o mejor dicho, me ha motivado esta mañana. Podría intentar haceros un análisis sobre qué es lo que tiene para motivar pero… lo mejor es dejarla sonar.

Este día probablemente sería distinto si no hubiese oído esta canción, si sencillamente me hubiese quedado tumbado. Porque la medicina no se estudia sola… me temo. Ni los libros se escriben solos.

A veces, cuando encuentro este tipo de sonidos, me gustaría hacer un pequeño rescate sobre todo lo que no es famoso, sobre todo lo que se oculta bajo las http://. Y estoy convencido de que algún día lo haré. Mientras tanto, dejaré que todas estas melodías sean ocasionales. Que en algún acto de desesperación como esta mañana, rebusque en los vídeos de youtube la inspiración de alguien, muy alejado de mí, y que me pida que va siendo hora de hacer algo parecido.

Solo espero que algún día las palabras de lo que estoy escribiendo le sirvan a otro para levantarse de la cama y aportar al mundo su granito de arena.