Nunca es pronto para destripar

Lo que antes se llamaba destripar una obra (ahora conocido como spoiler) se está convirtiendo en uno de los principales entretenimientos de la mayoría de la comunidad de Internet. Es tan así que, ha llegado el punto de que si quieres ver una capítulo de la serie Juego de Tronos y sorprenderte durante el mismo, tienes un plazo de aproximadamente doce horas para hacerlo, o la comunidad te habrá contado los puntos vitales y los giros argumentales del mismo.

Si bien es cierto que Juego de Tronos es el principal campo de batalla de spoiler, no son la única víctima, desde luego. La comunidad actual siente la incontrolable necesidad de contar al resto del mundo lo que ha sucedido. Por ejemplo, en el caso de Batman contra Superman, o de El Despertar de la Fuerza.

Creo que destripar una serie o una película no es algo nuevo. Yo no estaba en el mundo hace cincuenta años, pero Hitchcock ya advertía en el inicio de sus películas que, por favor, no comentaran el final de la misma con quienes no la habían visualizado. Sin embargo, las características intrínsecas de Internet consiguen que se haya convertido en algo habitual y potencialmente ineludible.

Para ilustrar la situación, pensad en cómo podéis evitar enteraros de la información importante de una película por cualquier otro medio. Si alguien os la está contando, podéis pedir a esa persona que se detenga. Podéis iros. Qué demonios, podéis hasta pegarle un bofetón. Sin embargo, dado que uno de los objetivos de Internet (y de quienes lo utilizan mayoritariamente) es conseguir la fama, retrasar un chiste sobre un acontecimiento importante de una serie puede suponer perder, potencialmente, a un número de seguidores.

Y la verdad, todo esto es una pena. Y lo planteo desde el punto de vista del autor, ya no solo del oyente. Cuando creas una obra, quieres marcar un determinado ritmo, una determinada forma de narrar los acontecimientos, de mantener las sorpresas hasta el momento preciso, de reservarte los giros de trama para que se convierta en sorprendentes, y no en un elemento al que se recurre para salir del paso. Quieres que el lector (en mi caso) siga pendiente de tus palabras para saber qué sucederá a continuación. Sin embargo, no todas las obras pueden sostenerse fácilmente si desde el principio todo el mundo sabe lo que sucede.

Así que, una petición a la comunidad internauta: por favor, intentad ser graciosos sin destripar las obras de los demás autores. Dejad un margen prudencial para que el mundo pueda leerlos/verlos y sorprenderse de la misma forma que os habéis sorprendido, especialmente en zonas completamente públicas en las que la mayoría puede informarse involuntariamente.

La ética del semáforo en ámbar

Aunque parezca sorprendente, está prohibido pasar un semáforo que muestre la luz ámbar, a no ser que las circunstancias lo impidan. Supongo que cualquiera que haya obtenido el permiso de circulación conoce este hecho, pero el caso es que en la práctica, también todos conocemos el hecho de que el ámbar, más bien, significa que pronto no se permitirá el paso. Es un dato curioso que la mayoría acelere en lugar de frenar al ver esta luz.

Y es que el ser humano es así, a mi juicio, por dos motivos:

El primero de ellos, porque tenemos prisa. Este es un hecho innegable. Tenemos una prisa circunstancial, que tenemos que hacer algo en concreto; y una prisa intrínseca a nuestra naturaleza como ser vivos: sabemos que en algún momento de nuestra vida vamos a morir. El tiempo nos juega siempre un factor en contra, y, en el fondo de nuestros pensamientos, en el inconsciente, tenemos la certeza de que cada segundo en el que no cumplimos con nuestras expectativas es un segundo perdido. Nada frustra más que un atasco. Nada frustra más que una espera. El tiempo lo enfocamos como algo provechoso. Por eso, ante la idea de tener que esperar el tiempo necesario hasta que el semáforo nos de luz verde, sencillamente, aceleramos. Aunque sea un minuto. Aunque técnicamente sea ir en contra de la ley.

El segundo de ellos, y enlazando con este último, porque todos nos sentimos especiales. Y por decir que nos sentimos especiales me refiero a que somos especialmente capaces de entender nuestras circunstancias como excepcionales. Os lo enfocaré de la siguiente manera el mismo caso.

Al igual que en el ejemplo inicial, el semáforo está en ámbar. Pero esta vez sois el peatón. Cuando veis que un coche comienza a frenar, vosotros en respuesta comenzáis a andar. Pero el coche del otro carril, en lugar de eso, acelera. Y por un momento sentís el peligro, y maldecís al incauto que ha pasado con el semáforo ya claramente en rojo.

Todos nos creemos especiales. Todos vemos nuestras circunstancias como únicas. Todos pensamos que somos el adecuado para ser la excepción a una determinada ley. Todos pensamos que somos inteligentes. Todos pensamos que somos capaces de triunfar donde otros han fallado. Es algo tan intrínseco a la naturaleza humana como nuestra presteza y nuestra desesperación ante el despilfarro del tiempo.

Por eso, nuestra ética, como seres humanos, suele ser la del semáforo en ámbar: nuestras circunstancias vitales se interponen a la norma. Y si la multitud aprueba esa conducta, en ese caso, ni necesitaremos justificación.

Desilusionado con el mundo editorial

Tal y como sugiere el título, así me hallo ahora mismo, desilusionado con el mundo de las editoriales. El motivo es muy sencillo: ninguna de las editoriales con las que he contactado parece querer facilitar la publicación de nuevas obras. Tal y como yo lo veo, las editoriales han dejado de ser apuestas para ser negocios relativamente seguros. Con esto os desarrollo mi situación:

Yo terminé finalmente el manuscrito hace tres meses casi, a primeros de febrero. Desde entonces he enviado el libro a las diferentes editoriales con la esperanza de recibir alguna noticia de ellas. De las dieciséis que envié, solo cuatro me han respondido, de las cuales, una ha sido para decirme que en esos momentos no admiten nuevos manuscritos.

De las tres restantes, la primera estaba especialmente interesada en una respuesta rápida, sin ni tan siquiera mirar el interior del libro, hasta el punto de querer diseñarme una portada más relacionada con la temática carcelaria que con la fantástica. Pese a eso, y sin mostrarse como editoriales, sino como imprenta, me presupuestaron unos 4000€ por una tirada de 200 libros.

La segunda editorial, por su parte, se leyó el manuscrito que le envié, tras lo cual me dijo que la única posibilidad era partir el libro, tras acceder a lo cual, me dijeron que cada uno de los volúmenes me costaría en torno a 2100€. Sin ni siquiera saber si quería uno o dos volúmenes.

La tercera y última me alabó la obra y me propuso una tirada de 500 libros por 3000€, de los cuales yo tendría que vender 200 libros, y de otros 100 me llevaba el 20%, es decir, aproximadamente 5€ por libro.

Visto que o bien me exigían una enorme suma de dinero o bien me pedían que vendiera personalmente los libros, decidí preguntar en el mundo de las autoediciones.

Pues bien, autoeditando el libro por Amazon, el mismo también tiene que ser dividido en al menos dos tomos, y el presupuesto se me escapa un poco de las manos.

Por otra parte en el grupo editorial Penguin Random House, el programa de megustaescribirlibros me pedía dividir también el libro en varios, estipulando ellos el precio de venta, con una ganancia de 6€ por libro por mi parte. Y 300€ cada uno de los volúmenes.

Habiendo expuesto mi experiencia, me siento un poco perdido. Sinceramente, no creo que dividir el libro sea la mejor de las salidas, teniendo en cuenta, algo que saben aquellos que me han leído, que el libro queda inconcluso hasta el final, lo dividas por donde lo dividas, y que, pese a eso, ya forma parte de una saga bastante más grande, como a mi juicio deja entender los últimos capítulos de la novela.

No sé cuál sería una buena solución a este problema actual, pero, sinceramente, no me extraña que la mayoría de los jóvenes autores que tan solo pretenden aportar su granito de arena a la literatura, sin mayor ambición, decidan apostar por Amazon aun a sabiendas de que sus escritos de perderán en el mar de novelas que abarcan.

Así es el mundo editorial hoy día, y así lo he vivido.