El selecto club de los discriminados

Aunque el título lo sugiera, no voy a hablar de las clases sociales más desfavorecidas. Ni de racismo. Ni de odio sin fundamento. Bueno, quizás de esto último sí. Pero no de la forma social esperable.

A raíz del lanzamiento de Pokemon Go, y teniendo en cuenta que, desde que era niño, me he criado en el mundo de los videojuegos, me he dado cuenta de lo sorprendentes que son los valores humanos.

Todo ha surgido a raíz de un paseo de unos quince minutos que he dado esta mañana para, aprovechando un descanso entre el estudio, conseguir uno de los “gimnasios” del juego. Para el que no se haya informado sobre el mismo, un objetivo común para todos los jugadores, cuya obtención te otorga monedas virtuales.

La situación es que de entre la variedad de personas con las que me he encontrado, le he llamado la atención a dos de ellas.

Una, era una chica muy bien arreglada, de unos veinte años, perfectamente maquillada y con el pelo arreglado como si fuera a una boda esa misma tarde. Cuando he pasado a su lado, me ha mirado de arriba abajo, y la he escuchado pensar en voz alta: “otro friki más enganchado a los bichitos esos”. Como me ha sorprendido que compartiera sus pensamientos, le he respondido con una sencilla pregunta: “¿Por qué te molesta?” Ella, como sorprendida de que alguien pudiera dirigirle la palabra, me ha respondido, también de forma sencilla: “Porque sois unos bichos raros”.

Sin querer entrar en un debate largo y tendido, porque tampoco quería desperdiciar mucho tiempo, he continuado mi camino, y la chica en cuestión el suyo. Y he continuado hasta que finalmente he llegado a mi objetivo.

Allí, había un chico de aproximadamente la misma edad que la otra muchacha, con camiseta negra y una barba bien cuidada, aunque el pelo algo desaliñado. Con unos pantalones vaqueros rotos, aunque presumo que con intención. Al verme llegar mirando el móvil, me ha sonreído y me ha preguntado por mi equipo dentro del juego.

Tras una breve conversación mientras ambos cooperábamos por conquistar el gimnasio, me ha preguntado: “¿Y has jugado a todos los juegos de Pokemon?” A lo que le he respondido: “No, la verdad es que he jugado a los primeros y al Y (el último)”. Con un gesto en la mirada que osaría interpretar como cierto desprecio contenido, me ha espetado: “Bueno, al menos sabes algo de Pokemon. No como la mayoría, que han visto esto de Pokemon GO y ya se creen los amos del mundo”. Tras su comentario, le he respondido :”Bueno, tendrán que empezar por algo”. Con una sonrisa, que también oso a interpretarla, esta vez como cómplice, me ha respondido “Sí, pero que no se crean que son gamers”.La conversación se ha alargado un poco más, pero no es mi intención extenderme demasiado.

La verdad es que, recorriendo de vuelta el camino a casa, he estado reflexionando sobre lo que ha sucedido. Y me he dado cuenta de que, sinceramente, ambas personas, la chica y el chico, se odiaban mutuamente, como una generalidad, por no haber seguido la misma trayectoria vital en lo que al uso de videojuegos se refieren. Qué demonios. Yo, que he estaba en un punto intermedio de ambos, no cumplía sus expectativas tampoco.

Y me he dado cuenta de la estupidez del asunto. En primer lugar, por el chico, que, probablemente, por compartir parte de sus circunstancias vitales con la mía, habrá recibido insultos por parte de sus compañeros por interesarse más en el mundo virtual que en algunos aspectos del tangible. Y por eso mismo, me resulta chocante que, cuando la sociedad se interesa por ese mundo virtual, y que por fin hay motivos para que no sea uno de esos “bichos raros”, prefiere tachar a todos los que no han tenido la misma trayectoria que él como “indignos”, y apartarse socialmente de nuevo.

Y por otra parte, la chica, que, sin ver la evidente realidad de que una gran parte de la juventud, no una minoría, se ha interesado por este juego en particular, prefiere seguir pensando que todos los que juegan a un determinado juego, probablemente porque le recuerda a esos juegos a los que jugaban nos niños de los que se reía, quiere creer que ella forma parte de la mayoría, y no de la minoría. O al menos, de una mayoría un tanto menos ajustada.

Y con todo esto concluyo: a los discriminados les gusta estar discriminados. Es su sentimiento de pertenencia. Es su grupo en el que tienen, por denominador común, que se ríen de ellos. No les gusta estar completamente aislados. Les gusta tener su minoría en la que pertenecen. Su selecto club de los discriminados. Y a los que discriminan, tienen necesidad de sentirse moralmente superiores, cuando, en la mayoría de las ocasiones, se pierden en la palabrería sin llegar a conocer si quiera los actos.

Y la cuestión es: si algo como lo narrado es capaz de ocurrir a una escala microsocial… ¿Cómo no podemos esperar el racismo, la homofobia, y el odio sin fundamento que gobiernan muchas de las acciones humanas?

Anuncios

La justicia y la solidaridad

Hoy me siento capaz de salir de lo políticamente correcto, y puede que de lo moralmente correcto, para expresar un pensamiento que lleva rondando en mi cabeza de forma similar a como rondan los fotones en el interior de una estrella: mucho tiempo queriendo salir y, una vez encuentran el camino, plasmándose directamente.

La solidaridad no es lo mismo que justicia. La solidaridad, de hecho, no tiene ni por qué ser buena. Qué demonios. Me atrevo a decir que incluso la solidaridad, normalmente, no es buena. Y he llegado a esta conclusión viendo una escena de un anime que, dicho sea de paso, ni siquiera habla de la solidaridad. Os lo expondré por partes.

Para evitar spoilers, en vez de no contar lo que sucede, no contaré el título del mismo, así que quien lo haya visto sabrá a cuál me refiero, y el que no y quiera verlo, tendrá que dar con él por casualidad.

Básicamente un chico hace buenas acciones pese a que él recibe, durante toda su infancia, malos tratos (no palizas, sino, sencillamente, despropósitos, malas intenciones, algo de acoso) y pese a que pierde la posibilidad recientemente, debido a una pelea, de cumplir su sueño de forma resolutiva. Y el caso es que tras tiempo haciendo buenas acciones, un día su mujer muere. Y como ha sido bueno, pues hay una paranoia típica de los animes, y se vuelve atrás en el tiempo y la mujer revive.

El caso es que su historia es parcialmente un reflejo de las historia de todos los personajes que aparecen. Todos tienen pérdidas, todos tienen que superarlo y salir adelante. Todos sufren. Muchos renuncian a sus sueños. Otros buscan nuevos. Algunos mueren. Pero se considera “justo” que la única persona que puede salir beneficiada de los milagros sea el protagonista.

Persé, ya me resultaba lo bastante llamativo, pero, pensaba que una gran parte de mis conocidos que habían visto el anime pensarían igual que yo. No es así. Lo veían como un final bonito. Como un final justo.

Y aquí llegó entonces mi reflexión. No es justo. No es justo que los demás personajes tuvieran que pasar por su infierno particular y que el protagonista pueda ignorarlo. Todos los personajes tenían luces y sombras. ¿Por qué entonces el protagonista recibe un trato especial? Porque un dios es solidario.

Quizás ya se va entendiendo a dónde quiero llegar con mi reflexión inicial, pero, por si no es así, la desarrollo con más detalle.

La solidaridad crea injusticia. Se selecciona a una pequeña muestra de la gran cantidad de las personas que padecen, y la usamos para paliar nuestras miserias. Los más calculadores lo justifican como que de ese modo esperan recibir un trato similar en sus circunstancias. Los más idealistas como que todo el mundo debería recibir un trato similar. Yo, personalmente, lo veo como una injusticia hacia todos los demás que, en sus circunstancias parecidas, no reciben ninguna clase de ayuda.

Obviamente, hay matices. Hay momentos especiales en los que la solidaridad es casi obligada. Casi tanto, que el seguro automovilístico en España es obligatorio. Casi tanto que resulta impensable que la gente no aúne esfuerzos ante catástrofes naturales. Quizás porque entendemos que es una comunidad entera la que sufre, y no un individuo. Porque entendemos que es una situación que se escapa de la justicia como tal. Y es una acción buena, pero, insisto, no es justa.

Sin embargo, hay otras situaciones, y por ejemplificar, la mendicidad, en la que la solidaridad eclipsa a la justicia. Hay quienes piden sin necesitar realmente. Hay quienes prefieren pasar las horas buscando un trabajo honrado. Hay quienes están tan enfermos que no pueden ni pedir. Hay quien pretende financiarse su drogadicción con el dinero del que ofrece. Hay quien espera poder, esa noche, irse al cartón en el que duermen con el estómago lleno. Pero el dinero que podemos ofrecer es limitado. No podemos detenernos lo suficiente para saber qué persona es de cada tipo. Tenemos que luchar contra la “injusticia” que supone que un señor esté en la calle pidiendo, y calmando nuestra ansia de altruismo, eligiendo solo a uno de ellos. Uno que puede que gracias a esa moneda pueda comprar una barra de pan caliente, o simplemente estés precipitando una embolia pulmonar estafilocócica por su adicción a drogas inyectables.

Y no es, a mi parecer, la más injusta, pero sí, quizás, la más común y la más fácilmente de entender.

Ya para concluir, es cierto que vivimos en una sociedad masificada. Qué demonios, cada minuto, la sociedad está más masificada que el minuto anterior. Creemos que, como humanos, cada uno de nosotros tiene derecho a vivir. Y probablemente sea cierto. Pero también es cierto que, a cada segundo que pasa, alguien sacia su egoísmo interno pensando que está haciendo del mundo un lugar mejor cuando, la mayoría de las veces, ni siquiera se ha preguntado qué es para él un mundo mejor.

Éxito y esfuerzo

Ya ha pasado un mes desde que publiqué el libro vía Amazon, y la verdad es que, aunque no tenía demasiadas esperanzas con respecto a las ventas del mismo, puedo afirmar de que ha ido peor de lo esperado.

Peor de lo esperado por dos motivos principalmente: no ha habido ningún “comprador anónimo”, es decir, ningún comprador aleatorio que haya decidido probar suerte con mi libro, ni tan siquiera aquellos que tienen “Kindle Unlimited”, a los cuales no les suponía costo alguno. Es decir, que no hay nadie ajeno a mí, aún, que haya comprado el libro, y, en consecuencia, no existe la posibilidad de que alguien ajeno a mí haya comenzado a recomendarlo.

Por otra parte, aquellos amigos y conocidos que han comprado el libro, no han valorado aún la obra, ya sea porque no la han leído, o porque no han tenido tiempo, voluntad, o cualquier otro elemento necesario para valorarlo y, con ello, permitir que se difunda un poco más por la web de Amazon.

Y con todo esto, más otros eventos de mi vida personal, me han llevado a replantearme el esfuerzo como la clave del éxito.

Creo que a quienes la sociedad premia son aquellos que se han esforzado, pero no quien más se ha esforzado es el que ha sido premiado. No me refiero a mi libro, por supuesto. Para ser justos, el tiempo que le he dedicado a mi novela no creo que supere ni mucho menos la media que requeriría un libro de su magnitud (aunque no por ello estoy menos orgulloso de mi trabajo), sino que nos obligamos a creer que hay una correlación entre el esfuerzo y el éxito, y la verdad es que la gran mayoría de las personas se esfuerzan, y, por desgracia, una gran parte de ellas sin éxito.

Y no hay nada más frustrante que no ver reconocido el trabajo propio. Bueno, puede ser que la impotencia, aunque, por otra parte, el sentimiento que genera no ver los frutos del trabajo propio es, en parte, el de impotencia.

Si bien la mayoría de los esfuerzos nunca son al 100% (por motivos obvios de agotamiento), no por ello, cuando la mayoría nos esforzamos al 80%, creemos que merecemos, al menos, un mínimo de recompensa.

Puede que haya quedado algo redundante y repetitivo, pero es que, en el fondo, es una reflexión simple, con matices que aclarar.

Con esto, no quiero decir que  el esfuerzo siempre sea en balde. No todo en esta vida es éxito o fracaso, y normalmente, quien se esfuerza, suele no fracasar. Pero, también es cierto que, desde nuestra infancia, se potencian la expectativas de éxito tras el esfuerzo, cuando la verdad es que acaba siendo el miedo al fracaso el verdadero motor (y verdadera recompensa) por nuestro esfuerzo.