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Vivimos en un mar de información. Un océano. Quizás incluso haya más información que gotas de agua en un océano. Realmente da igual, puesto que no podemos abarcar tanta información. Así que, nuestras ideas ahora vienen de lo que destaca más allá de esa información. De una isla en medio del océano.

Y, como si de un volcán se tratara, allí está la publicidad, haciendo que en medio del océano aparezcan nuevas islas, nuevas ideas, nuevas formas de ver el mundo o nuevos productos que llevan allí un tiempo, pero que ahora se hacen visibles. Es una idea que, a priori, es fantástica, porque nos permite revolucionar el mundo. Pero, si la analizamos, sigue siendo un volcán, y puede ser peligroso que haya demasiados volcanes.

Para empezar, supongo que tengo que aclarar a qué me refiero con publicidad. No me refiero solo a un empresario que paga una generosa cantidad de dinero porque su producto sea más visible que el de los demás. O tampoco me refiere a un grupo de personas que utilizan un programa de televisión para dar a conocer una idea. Es un tipo de publicidad, pero no la única.

Me refiero a esa publicidad algo más escondida. A ese bombardeo constante de ideas, ya sean complejas o simples, ya sean políticas o de gustos, a esa forma de hacer ver que a nosotros nos gusta una determinada forma de vida, o una determinada ideología; esa forma de repetir constantemente la misma idea con otras palabras en las redes sociales, ya sea de forma argumentada o como una falacia más que se repite de nuevo porque, hace cien publicaciones, ya argumentaste todo lo que había que argumentar; o esa forma de promocionar lo aquello que nos agrada, que últimamente suele manifestarse como odio a lo que nos desagrada (tantas cosas que nos desagrada, que al final solo nos puede agradar una idea restante).

Sí, yo mismo he caído en parte en el juego. Como he dicho al principio, es un mar de ideas. Me gustaría que mi novela llegara más allá de mi círculo de amistades, o más allá de una recomendación puntual. Claro que me gustaría. Pero también opino que no quiero vender mi propia integridad, justificando una segunda personalidad en las redes sociales como un ente publicitario de lo que soy o de lo que opino, y limitarme a ser alguien que reafirma sus ideas en los comentarios con otras publicaciones.

Sinceramente, creo que algo estamos haciendo mal al respecto. No porque considere que lo que sucede con la información sea algo antinatural, sino porque creo que la situación actual se nos queda un poco grandes.

Creo que ya es bastante publicidad la que se empeña en hacernos ver el empresario que paga una generosa cantidad de dinero, sabiendo que su sustento depende de si se vende su producto, que nosotros nos convirtamos en un cartel publicitario de nuestras ideas, expresadas a través de palabras de otros, solo para convertirnos, de alguna forma, en un palmo de arena que finalmente se llevará la marea de información.

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