Eferia Relatos Cortos: Escuadrón [HdA]

¡Hola a todos! Esta semana, tal y como advertí los días previos, no voy a preparar un Audiorrelato por dificultades técnicas (cuando tengo que realizar dos voces creo que ya se nota mi falta de talento como locutor de radio o actor de doblaje).

Este relato es para mí muy especial, ya que, aprovechando la temática, me puse en contacto para hablar con antiguos compañeros de juego para crearlo y… bueno, aquí os lo pongo. Espero que lo disfrutéis.

Yoha, Ryner, Sinka, Tomei, Aley… gracias chicos

Por fin se encontraban todos reunidos, en la entrada de la mazmorra. Todos nerviosos, puesto que era la primera vez que se encontraban desde hacía más de diez años. Aunque formaran parte del mismo clan durante años, y compartieran horas de vicio y diversión, los caminos y las complicaciones habían conseguido que, poco a poco, cada una tomara una dirección distinta, y el único contacto que habían mantenido había sido la charla ocasional, casi siempre sin fundamente, más una puesta al día sobre los grandes acontecimientos vitales que un verdadero intercambio de emociones y sentimientos que se producían… pero eso había cambiado con el lanzamiento de Eferia.

Todos sabían que ese momento no sería eterno, puesto que las obligaciones seguían estando, pero la ilusión reinaba en el ambiente.

-¿Quién falta? -preguntó Tomei. Su avatar, una chica con el pelo morado, vestía ropajes de mago del mismo color.

-Creo que Ryner -respondió Aley. Llevaba un peto de cuero en un personaje bajito, con piel oscura y pelo rebelde. Movía la espada de forma incómoda, sabiéndose que aquella no era el arma que solía manejar.

-Sí, falta Ryner -confirmó Sinka, que enfundaba y desenfundaba su arco continuamente por los nervios.

-Nuestra composición es lamentable -se quejó Argodil, también nervioso. Tiempo atrás había sido el líder del grupo, pero en ese momento se sentía como el más inexperto. Era el único elfo del grupo: tenía estatura media, pelo en melena y dos espadas cortas en sendas manos- Somos cuatro magos, un arquero y yo. Aunque me dijiste, Aley, que puedes ir también de primera línea, ¿no?

-No debería. Yo tendría que llevar rifle. No entiendo por qué no hay rifle -se quejó.

-Bueno, aprender magia aquí da asco -se quejó Yoha.

-Si la espada es de decoración -apuntó Aley-. Si yo lo que quiero aprender es magia de luz.

-Chicos, como ilusionista os digo que mi magia sí que es la más…

-Perdonad el retraso -saludó Ryner. Había aparecido en mitad de todos, como si se hubiera desconectado el día anterior ahí-. Me ha surgido un problema en el trabajo…

-Ya estamos todos -apuntó Argodil.

-¿Se te atraganta la vida de adulto? -bromeó Yoha.

-Esa broma tenía gracia hace quince años -se quejó el recién llegado.

Todos sonreían. El haberse encontrado después de tanto tiempo era motivo más que suficiente para hacerlo.

-¿Cómo vamos a hacerlo, líder? -preguntó Ryner.

-El líder de facto es Tomei -evadió Argodil.

-Si estamos aquí para revivir los viejos tiempos, estamos para revivirlos -se defendió el mencionado-. Y en los viejos tiempos eras tú el líder. Qué demonios, tú me reclutaste en mitad de Arco, así que tú eres…

-Lo entiendo, lo entiendo. De acuerdo… pues.. la verdad, no he jugado mucho a esto.

-¿Ya no eres nigromante? -se interesó Sinka.

-No sé ni si se puede ser nigromante. La situación es: se supone, por lo que me dijo Yoha, que esta mazmorra es de un nivel lo suficientemente complejo como para que no se pueda resolver con un solo jugador, pero lo suficientemente sencilla como para que una panda de vejestorios desentrenados como nosotros la supere.

-Lo de desentrenados lo dirás por ti -se quejó Yoha.

-Y lo de vejestorios también -añadió Aley.

-Bueno, bueno. Sigue siendo un primer paso. Si nos sale bien, podremos buscar desafíos mayores. Tampoco es que fuéramos los mejores…

-Algunos de hecho ni siquiera hicieron todas las Raid -apuntó Ryner con sorna.

-Venís con ganas de guerra, ¿eh? -se quejó Argodil-. Muy bien. Yo iré de primera línea. No es que sea un tanque, pero creo que puedo entretener lo suficiente a las criaturas. Cambiaré una de las espadas por escudo: tenía la esperanza de que alguno hubiera cambiado de rol en este tiempo, pero en el fondo, yo siempre he sido el más tanque. Yoha, ¿tienes magias de curación?

-No -respondió.

-¿Ryner? ¿Alguno? -Todos negaron con la cabeza-. Muy bien, muy bien. Me lo ponéis difícil. Aley, como llevas espada, tú me cubrirás directamente para impedir que me rodeen.

-Yo debería llevar un rifle.

-Lo ha dicho antes, pero llevas espada y haces magia, así que te pones de segunda línea. No os lo toméis los demás a mal, pero Yoha siempre ha sido el mejor entre nosotros, así que te quedas en la zona de la retaguardia por si las cosas se complican. Confío en que puedas desenvolverte bien si la cosa se complica. Sinka, confío en tu precisión, por lo que atacarás a los enemigos más grandes. Muévete a la distancia que te convenga, pero intenta no sobrepasar a Yoha. Ryner y Tomei… bueno, tengo claro que Ryner puede ayudarnos en la primera línea con hechizos de área de efecto, según me dijo el otro día… ¿qué puedes hacer exactamente, Tomei?

-Esto…

Todos se quedaron mirándolo, ante el silencio que mostraba. Siempre había sido especialmente bueno en las habilidades de mundo abierto, pero el tipo de magia que le gustaba, el ilusionismo, era algo que se había visto poco en Eferia.

-Supongo que soy lo más parecido a un apoyo -respondió al fin, al ver que todos lo miraban.- Puedo hacer que vuestras armas atraviesen armadura sólidas, puedo hacer que ataquen a un enemigo que no existe… y bueno, como carta final puedo hacer una magia de retardo del tiempo. Pero no sé cómo funcionará en grupo. Y consume mucho maná.

-Es suficiente, entonces. Quiero que me cubras a mí o a Aley. En principio tengo habilidades como para aguantar el daño, pero no tengo nada para atraer la atención de los enemigos -terminó Argodil-. Veremos cómo está nuestro trabajo en equipo después de este tiempo.

Habéis entrado en la mazmorra “Las ruinas de Tirar”

-La mayoría de los enemigos son una mezcla entre plantas y bestias -informó Yoha.

-Eso me trae recuerdos -respondió Tomei.

-Muchos recuerdos -secundó Ryner.

-Demasiados recuerdos -añadió Sinka

-Que sí, que sí, lo hemos entendido -se quejó Argodil, más nervioso que el resto-. Al menos yo. Solo espero que no sea un laberinto que los enemigos te matan de un solo golpe.

-Eso sería la parte final de la mazmorra -bromeó Aley-. Al menos, si son los recuerdos

-O un mapa vertical. ¡Oh! ¡Quiero un mapa vertical! -exclamó Tomei.

El primer enemigo apareció. Tal y como había anticipado Yoha, se trataba de un lobo de cuyas patas parecían extenderse unas vides que se movían a gran velocidad, aunque de escaso alcance.

-¡Ryner! -exclamó Argodil.

En ese mismo momento, una bola de fuego salió de la palma de la mano y golpeó de lleno en el costado de la criatura. Argodil salió entonces a cubrir a sus compañeros, interponiendo su escudo entre él y la centellada de la criatura. Una flecha se clavó en el costado.

-¡Dos más! -exclamó Yoha.

La espada de Aley pareció fundirse y comenzó a emitir una luz cegadora. El golpe impactó de lleno en la bestia que estaba bloqueando Argodil y cayó muerta. Las otras dos, sin embargo, eran rápidas. Una de las vides intentó rodear al elfo por la izquierda, la mano de la espada, y Yoha preparó un pequeño muro de tierra que consiguió el doble efecto de frenarlo y hacer que se golpeara con su hocico. Por otra parte, Tomei creó una imagen traslúcida de sí mismo junto a la tercera de las bestias, que atrajo su atención, pero desapareció al recibir el primer ataque. Sinka lanzó una flecha que se clavó en el ojo de ese lobo, y cayó muerto. Ryner, por su parte, repitió el hechizo de Bola de Fuego, que impactó en el último de los lobos.

-Se te olvidó un pequeño detalle, Tomei -se quejó Argodil.

-Eh… sí. Chicos, también puedo crear una ilusión de mí mismo.

Ninguno se molestó en reprenderle nada más: todos lo conocían, y sabían que ese tipo de despistes eran frecuentes en él.

-¿Y cómo repartimos el saqueo? -preguntó Yoha.

-Se lo damos todo al jefe y luego se reparte -sugirió Ryner.

-¿Pero qué os pasa conmigo?

-Que te queremos, Argo -respondió Aley.

-Que eres el líder -insistió Tomei.

-Que hace mucho que no te vemos -añadió Sinka.

-A mí no me pasa nada -contrapuso Yoha.

-Está bien, está bien. Pero hacemos un inventario. Sinka, se supone que tú puedes obtener partes aprovechables, ¿no?

-Sí.

-Muy bien. Entonces, mientras se encarga del saqueo… ¿alguien más quieres contarme alguna habilidad inesperada?

Ninguno respondió. Argodil rio. Sabía que más de uno quería tener algo más bajo la manga, pero que no lo compartirían por el momento.

-Ya está, jefe -informó SInka, que le entregaba los materiales.

-Qué rápido. Muy bien, continuemos entonces.

La mazmorra, una cueva cuyas paredes estaban cubiertas de raíces y musgo, se extendía de forma lineal, como lo hacía normalmente en los videojuegos clásicos, y todos lo agradecieron. De vez en cuando había algunas bifurcaciones que no llegaban a ningún sitio y volvían a continuar por el camino. Los combates estaban sorprendentemente bien planificados: rara vez alguno de ellos recibía daño, ya que cubrían con rapidez las aperturas de los compañeros.

-Me siento inútil -se quejó Argodil cuando se encontraron en la puerta del jefe de la mazmorra.

-Siempre fuiste el peor -comentó Yoha.

-Pero te queremos igual -insistió Ryner.

-Eso no es cierto. No siempre he sido el peor. Quiero decir, siempre he estado en mil cosas y llevaba…

-Eres el único que aquí que no completó todas las incursiones -insistió Sinka.

-Y las que completaste, las hiciste con nosotros -recordó Tomei.

-Pero te queremos igual -repitió Ryner.

-Defiéndeme, Aley…

-Lo siento, jefe, tienen razón. Es que siempre tenías nueve o diez personajes mientras que nosotros nos centrábamos en uno solo. Y aunque manejaras al nigromante…

-En jugador contra jugador era bueno -se defendió Argodil.

-Eso te lo compro -admitió Tomei.- Pero porque el nigromante no estaba equilibrado.

-Le ganaba a los otros nigromantes.

-No a todos -apuntó Yoha.

-Hombre, no era profesional, ni mucho menos. Ni lo voy a ser ahora.

-Tú has sido quien ha sacado el tema -señaló Aley.

Resignado ante las respuestas, cambió de tercio.

-Bueno, todos sabemos que, al ser la primera puerta con la que nos encontramos, aquí detrás está el monstruo final. Yoha, ¿sabes algo?

-Sí -respondió lacónicamente.

-¿Y nos lo vas a contar? -preguntó Argodil.

-Es que… solo puedo decir que es grande y está hecho de plantas. No funciona como en los otros juegos. Quiero decir, no hay guías. Hay tantas mazmorras distintas que la gente no se ha parado a explicar la mejor manera de hacer las cosas.

-Entonces tienes que estar ardiendo por dentro -bromeó Aley.

-Estoy muriendo lentamente por dentro -reconoció Yoha-. Estoy perdiendo oro.

-¡Qué dramático eres! -exclamó Tomei.

-Tú eras así -le recordó Sinka.

-¿Yo era así? -todos asintieron-. ¿Con lo de perder oro?

-Con lo de morir por dentro -comentó Ryner entre risas-. Aunque tú siempre echabas la culpa a tus estudios.

-Sí, porque a la suerte no se la podías echar -señaló Aley.

-Bueno, chicos, concentrémonos -interrumpió Argodil-. Viendo cómo van las cosas, y con lo que nos ha dicho Yoha, seguramente sea un tipo de enemigo bastante lento pero pesado y difícil de manejar. Infligir daño será fácil, pero apenas surtirá efecto. Yoha, te voy a encargar que reserves maná, que nos debe de queda ya poco a todos. Cuando Ryner te avise de que está sin maná, cambiáis roles. Confío en los dos para saber que os podréis manejar con un arma cuerpo a cuerpo junto a Aley, que será el vigía en este combate. Si aparece un enemigo pequeño, vosotros os encargáis. Sinka, el elementalista de los dos que esté disponible, Tomei y yo nos encargamos del jefe directamente. Si no aparecen enemigos secundarios, os unís a la batalla. Sinka, de ti espero flechas lentas pero precisas. Encárgate de buscar los puntos débiles y de castigarlos. Tomei, necesitaré que me cubras con tus clones y guardes maná para lanzar tu hechizo de detención del tiempo. Avísanos al menos 3 segundos antes de usarlo, que nos de tiempo a preparar habilidades ofensivas. Y yo… haré lo que pueda.

-O sea, que tu parte es la más fácil -se quejó Aley, aunque más que eso era una forma de intentar poner nervioso a su compañero.

-Para eso soy el jefe. ¿Estamos listos? ¡Por HDA!

-¡Por HDA! -respondieron todos, casi al unísono. Un escalofrío recorrió la espalda de Argodil, emocionado por actuar como clan unido después de tanto tiempo.

El elfo abrió las puertas de par en par y, tras ellas, se encontraba una bestia del tamaño de un elefante, aunque con la forma de un hipopótamo, salvo porque la mandíbula, en lugar de estar definida, parecía mutar a cada segundo, formando una especie de tentáculos de vides.

-Es feo -pensó Aley en voz alta

-Más uno -subscribió Yoha, simulando el lenguaje de las redes sociales.

-Más cien -exageró Ryner-. Y cualquier que diga que es bonito se merece que lo baneen del juego.

-Tiene su encanto -bromeó Aley.

-No te echo porque en el fondo lo dices porque se parece a ti -continuó Argodil con tono jocoso-. Venga, vamos a por él.

El elfo se preparó con su espada y escudo para colocarse delante de la criatura, atrayendo, de esa forma, su atención. Los demás tomaron posiciones en semicírculo, preparados para el combate. La bestia cayó en la provocación y atacó, aunque no de la forma que se esperaban: una gran vid salió de su boca y Argodil apenas tuvo tiempo de levantar su escudo para impedir el impacto en el pecho. Aun así, el golpe casi consigue derribarlo.

-¡Esto no salía en los vídeos, lo prometo! -se justificó Yoha, mientras preparaba un hechizo de hielo desde sus manos.

-¡Ahorra maná! -le recordó Tomei, al ver que se precipitaba a la batalla.

Ryner fue quien lanzó la primera magia. En vez de preparar su usual bola de fuego, esta parecía tener un núcleo solidificado en su interior. Golpeó de lleno en la enorme boca de la criatura, que comenzó a girarse lentamente. Una flecha de Sinka se clavó entonces en lo que parecía la rodilla de la criatura, y luego chasqueó los labios, frustrado.

-Sé que es un tópico, pero estoy muy… -comenzó Aley

-¡No lo digas! -interrumpió Tomei-. ¡Argo, ataca con la espada!

-Pero…

-¡Ataca!

Obediente, el líder se acercó al cuerpo de la bestia y preparó un ataque en estocada. Para su sorpresa, el arma atravesó la piel de la criatura, que detuvo su giro como si hubieran pulsado un botón de pausa.

-¡Lobo en la retaguardia! ¡Solo es uno Yoha! ¡Es tuyo!

Como les había dado tiempo a aprender cómo se movían, no le costó realizar unos movimientos elegantes, como si su clase principal siempre hubiese sido la de espadachín, y lanzar un corte vertical y una estocada para derribar a su enemigo.

-¡Lobo en vanguardia! ¡Es mío! -informó de nuevo Aley. Imbuyendo su espada con magia, consiguió partir en dos a la criatura de un único ataque.

-¡Intenta ahorrar maná! -informó Tomei-. ¡Te cubro, jefe!

La bestia se movió con rapidez y lanzó un potente coletazo. El elfo tuvo que agacharse para esquivarlo, y a duras penas lo consiguió.

-¿Desde cuándo los hipopótamos tienen cola? -preguntó Argodil.

-¿Desde cuándo esa cosa es un maldito hipopótamo? -respondió Aley con sarcasmo.

Sinka lanzó entonces una flecha, después de un tiempo seleccionando bien su objetivo: la intercaló entre los movimientos de las vides más superficiales, consiguiendo atravesar el blindaje en medio del lomo. La bestia se tambaleó, como si hubiera recibido el golpe de un martillo.

-¿A vosotros no os recuerda a un hipopótamo? -insistió el jefe

-¡Concéntrate! -exclamó Tomei.

-Antes no era así -masculló Aley. Por la cercanía, solo Argodil pudo escucharlo.

-Se parece a mí en el pasado -le respondió el elfo.

-¡Lobo en retaguardia! ¡Corrijo! ¡Tres lobos en retaguardia! ¡Voy para allá, Yoha!

-¿Sigo sin usar maná?

-¡No uses maná! -insistió Argodil.

Ryner, que llevaba bastante tiempo en silencio, preparaba un conjuro especial. De sus manos comenzó a brotar fuego, como si de un lanzallamas se tratase. Apuntó entonces hacia la mandíbula de vides del enemigo.

Dos de los lobos de la retaguardia cargaron contra Yoha, el cual retrocedió. Sabiendo que no podría contraatacar sin utilizar maná, esperó a que Aley tuviera tiempo para ayudarle a acabar con ellos, pero este tuvo que interceptar al lobo que atacaba a un desprevenido Sinka, alcanzándolo en el último momento.

-¡Esto con un rifle no pasa! ¡Aguanta, Yoha!

Argodil se giró un momento para ver cómo iba la batalla en la retaguardia, y por eso mismo no pudo esquivar el tentáculo que salía desde la cola, que impactó de lleno en su costado, lanzándolo por los aires. Tomei preparó rápidamente una ilusión de sí mismo, aunque la bestia la ignoró por completo. Continuó con el movimiento de su cola para alcanzar de nuevo al líder, que tardaría un tiempo en poder levantarse.

-¡Fallo mío! -gritó Argodil-. ¡Me las apaño! -exclamó al ver que el clan se preocupaba por él. A duras penas pudo interponer el escudo ante el segundo ataque-. ¡Aprovechar y atacad!

-¡Yo estoy en ello! -explicó Ryner, que seguía manteniendo las llamas contra las vides faciales.

-¡Mata a ese, Yoha! -pidió Aley, al ver que ya había llamado la atención de otro de los lobos.

Flecha Cambiaformas -susurró Sinka. La flecha que había disparado se convirtió, en mitad del trayecto, en un halcón, y se acercó volando hacia la cola-vid de la criatura. Cuando encontró una apertura entre las raíces que cubrían la piel, se volvió a transformar en flecha y, con la misma velocidad con la que fue lanzada, se clavó.

-¿Qué ha sido eso? -se extrañó Tomei.

-Mi habilidad especial -respondió Sinka orgulloso.

-Ahora me dan ganas a mí de probar la parálisis del tiempo.

-¡Ahorra maná! -se quejó Yoha desde la distancia, repitiendo la frase que le había dicho varias veces desde que comenzara el combate.

-¡Yo sí que me estoy quedando sin maná! ¡Creo que le he destrozado la cara! -informó Ryner.

-No, ya era así de feo antes -bromeó Aley.

-¿Pero tú no decías que era bonito? -preguntó Argodil, que se incorporaba al fin, tras el respiro que le había concedido el arquero.

-Que tenía su encanto -se defendió.

-¡Yoha! ¡Yo ayudo a Aley! ¡Cambio!

Sinka lanzó otra flecha, que intentó apuntar en lo que sería la rodilla de la criatura, aunque en esta ocasión no pudo atravesar las vides más superficiales.

El fuego dejó de brotar de las manos de Ryner y dejó ver un espectáculo grotesco: bajo el mando de raíces, la piel se apreciaba del mismo color que un gato sin pelo, dejando grandes fragmentos, algunos de ellos quemados, colgando, formando una especie de papada sin grasa.

-¡Atacamos ahí! -informó Argodil.- ¡Aley, deja el ser vigía! ¡Ryner, tú eres vigia! ¡Avisa a Aley si necesitas ayuda!

Yoha lanzó una tríada de virotes de hielo en rápida sucesión contra la piel descubierta de la criatura. Sinka lanzó otra de sus flechas, impactando muy cerca del ojo, aunque sin llegar a acertar. Argodil, con la ayuda de Tomei, atravesó la piel en la altura del mentón, consiguiendo que brotara una sangre espesa que goteó en la cara del elfo.

-¡Esto no lo tenían los juegos antiguos! -se quejó.

-El sacrificio en pos del realismo -comentó Yoha.

-¿Desde cuando dices “en pos de”? -preguntó extrañado Argodil.

-¡Concentraos los dos! -insistió Tomei.

-¡Lobo en vanguardia!

-¡Es tuyo Aley!

-¡Cambia de forma! -gritó Tomei, al percatarse de que el color de las vides, hasta ese momento, comenzaba a tornarse rojo y carmesí.

-¡No puedo bloquear a esa cosa si carga! -se quejó Argodil- ¡Formación dispersa!

Tal y como había vaticinado, la criatura comenzó a cargar. No era especialmente veloz, pero tenía la envergadura suficiente como para que no se pudiera esperar hasta el último minuto para evadirla.

Argodil fue alcanzado por la bestia en el pie y sintió un dolor intenso. Todos los demás lo esquivaron sin problemas.

-¡Estoy bien! -exclamó.

Sin embargo, cuando la criatura lanzó una segunda embestida, la pierna no reaccionó a tiempo y fue alcanzado en el pecho. Aunque interpuso el escudo, el golpe fue tal que fue enviado directamente al santuario de resurrección.

El elfo abrió los ojos, conmocionado, y un sentimiento de culpa lo embargó. La mazmorra no estaba demasiado lejos de allí, a unos quince minutos, pero no estaba seguro de si sus compañeros habían sido capaces de sobrevivir sin él. Resignado, se sentó en un banco de la pequeña plazoleta de la aldea en la que se encontraban, muy cerca de las montañas del oeste de Vilanor, dispuesto a esperar y a hacer compañía a los que fueran cayendo detrás de él.

Y esperó, durante más de treinta minutos, hasta que pensó que quizás ellos habrían conseguido un santuario de resurrección distinto. Quizás había otro más cercano que él no conocía. O quizás ellos no conocían esta pequeña aldea.

-¡Eh! ¡Jefe! -saludó Aley desde la distancia. -¡Al final lo hicimos sin ti!

-Como siempre -apuntilló Yoha.

-Por eso tenía que quedarme el resto de recursos para mí -bromeó el líder-. Como seguro de que vendríais a buscarme. -¿Qué pasó al final?

-Pues que… -comenzó Ryner.

-¡Eh! ¡No se lo digas! -cortó Aley-. Él era el que decía que no le gustaba ver guías ni buscar información de los juegos hasta que se enfrentara al peligro, ¿no?

-Pero, ¿vamos a volver allí?

-De eso veníamos hablando -informó Tomei-. Las vides que suelta reducen el costo de maná de la magia en un veinte por ciento. Queremos hacer pociones o una armadura con ellas, por lo que tendremos que conseguir bastantes.

-Aunque por hoy ya está bien. Aún no he comenzado el trabajo -se quejó Yoha.

-Tú que trabajas desde casa -se quejó Sinka.

-Pero mañana podemos continuar por la tarde -ofreció Tomei-. Nosotros podemos. ¿Qué te parece, jefe? ¿Te apuntas?

Eferia Audiorrelatos: #4 El Bajo Mundo

Tal y como anuncié, este será el último de los audiorrelatos que os narraré desde Youtube. Queda un quinto relato, la semana que viene, pero que por dificultades técnicas he decidido dejarlo solo como eso, como relato.
En el relato de esta semana nos adentraremos en la mente de uno de esos jugadores que no ven el camino de la misma forma que la mayoría. Espero que os guste.

Richard estaba cansado de las exigencias que todo el mundo esperaba de él. Trabajar como mecánico en una ciudad en la que se esperaba que consiguiera completar un encargo en cuestión de horas, cuando cualquiera con dos dedos de frente sabría que tardaría más de tres días intensos… era agotador. Si el resultado no era óptimo, habría quejas. Si el resultado no era rápido, aún más. Estaba harto.

El único momento de descanso que tenía, por la noche, cuando volvía agotado a casa después de sus largas jornadas, recaía en Eferia. Había sido un jugador de bastante habilidad en su juventud. Hasta intentó, por su propia cuenta, labrarse un futuro en el mundillo. Pero es un mundo selecto, y él no se encontró en los elegidos. Así que sus juegos se habían quedado, al final, como una vía de escape que, aunque no fuera consciente de ello en plenitud, tenía indicios de que le agobiaban al recordarle lo que pudo haber sido.

Cuando comenzó con Eferia, intentó recobrar el tiempo perdido y ponerse al día con los mejores jugadores… pero su trabajo le exigía horas que aquellos que podían permitirse el lujo de mantenerse solo con su ocio pasaban mejorando sus habilidades, y se dio cuenta de que rápidamente era dejado atrás en los grandes avances que se iban produciendo. La frustración se apoderó de él. De hecho, hubiera abandonado sus horas de disfrute nocturno de no ser porque había gastado todos sus ahorros para costear el sistema de juego, y se sentía en la responsabilidad moral de continuar. Como un segundo trabajo. Una obligación más.

Poco a poco, cambió su forma de jugar: primero, siempre buscando una optimización de los recursos y del tiempo; a continuación, intentando resolver mazmorras imposibles para un solo jugador, con la esperanza de conseguir un hito único que lo catapultara a la fama; y, finalmente, decidió optar por impedir que, aquellos que intentaban conseguir logros, lo consiguieran. El método de realizarlo también cambió con varios intentos.

Al principio lo hacía solo con jugadores de apariencia novata, sin un buen equipamiento, que se encontraba acechando a presas menores, a los cuales, con un disparo certero con su arco, abatía de un solo flechazo, sin que llegaran a saber, en su mayoría, qué era lo que había acabado con ellos.

Cuando comprendió que aquello no le satisfacía, el siguiente paso fue atacar a grupos de jugadores que se encontraban descuidados saqueando los frutos de la caza, y de esa forma conseguía algunos recursos que no podía obtener por sus propios medios.

Por último, envalentonado por los buenos resultados y con el dinero que había conseguido de la forma anterior, se enfrentaba a los jugadores que veía mejor armados, más preparados. Los que se sentían los mejores. Richard se fue convirtiendo en un experto.

Aunque no había sido de la forma que había imaginado en un principio, rumores sobre lo que estaba haciendo comenzaron a aparecer en los foros. En su primera fase, casi como si se tratara de un bug que eliminaba a los jugadores que estaban en una determinada zona de forma aleatoria. En su siguiente avance, como si un enorme grupo de maleantes acechara de forma cruel. Y, finalmente, como un asesino de jugadores, temido y buscado a partes iguales, que cazaba indiscriminadamente a aquellos que caminaban por la noche.

Cerca de la poblada ciudad de Firum, en de las tierras del Gran Lago, encontró el lugar perfecto en el que establecer su guarida: en medio de un laberíntico bosque, el cual era atravesado por el camino que unía Vilanor con esta ciudad, encontró una pequeña casa abandonada que decidió tomar como propia. Sistemáticamente, todo jugador o personaje que atravesaba el camino desde el anochecer hasta la media noche, era asesinado. Y, cada vez que lo hacía, tallaba en un gran árbol una muesca, indicando su éxito.

Fue en el momento en el que llegó a la marca 176 cuando encontró a su primer aliado. Era una orca de complexión delgada, con atuendos de soldado, pero que manejaba un par de hechizos básicos. Pudo evitar el primer disparo, probablemente porque se imaginaba que sería atacada, pero también pudo solventar el posterior ataque cuerpo a cuerpo. Pero rara vez respondía, salvo para forzar un retirada en mitad de la cadencia de ataques. Claramente era mejor jugadora que Richard.

-Así que eres el asesino del Camino del Este -dijo al fin, con una voz que sonaba grave, dudosa para ser la de una mujer.

Richard no respondió.

-Pensaba que serías más… impactante. Tienes buena mano con el arco, joven. Y el tener buena mano con el arco es una habilidad que escasea, pese a que el sistema ayuda.

Richard se mantuvo en silencio.

-Está bien que no hables. No necesito una respuesta en el momento actual. Has convertido este camino en un infierno, y eso me vale. Pero creo que puedes llegar más lejos. Verás… nosotros… pagamos con dinero. Y no me refiero a oro del juego.

Aunque le interesaba, Richard se mantuvo sin responder.

-Veo que he despertado tu atención. Somos sicarios. Matamos a jugadores. Repetidamente. Gente que, por un motivo u otro, quiere que dejen de disfrutar del juego y que se convierta en una pesadilla. Y nos pagan dinero. Yo me dedico a reclutar, a poneros en contacto con el cliente. A deciros dónde está el objetivo… y vosotros lo cazáis, sin permitir que abandone los santuarios de resurrección. Que solo pueda jugar a hora intempestivas hasta que finalmente decida que no merece la pena el esfuerzo…

Richard se mantuvo en silencio de nuevo, aunque dibujaba una sonrisa en su rostro.

-Pagamos bien por esa crueldad. Ahora mismo tenemos más encargos de los que nos podemos permitir, así que… ¿contamos contigo?

Richard estrechó la mano que se le había ofrecido.

-Muy bien. Tu primer encargo es un joven elfo que…

Eferia Audiorrelatos #3: La Historia de Una Asesina

Esta semana os traigo, como en las dos anteriores, un nuevo relato corto. Es algo más breve que el anterior, pero no por ello menos intenso. Quizás se me olvidó decirlo antes, pero los audiorrelatos son completamente independientes unos de otros, y no destripan la esencia de Eferia.

Pocos eran los jugadores de Eferia que realmente buscan un desafío dentro del juego. Casi todos buscaban la novedad. El nuevo mundo. El sentir en sus pieles sensaciones que no pueden conseguir en la Tierra. Que la creatividad de unos desarrolladores les lleve a donde su propia imaginación no puede. Pero eso no es así para Ivana. Ha jugado desde antes de ser consciente de que lo estaba haciendo, y ha sido educada para ser competitiva en cualquier disciplina que se propusiera, ya fueran las artes, los estudios, o los videojuegos.

Hacía ya dos años que comenzó a ganarse un sueldo retransmitiendo sus partidas en diferido y, aunque no se había hecho una celebridad ni había conseguido suficiente como para dedicarse en exclusiva, la comunidad respetaba sus habilidades en cualquier juego que se pusiera por delante. Este no sería la excepción.

Estudió con profundidad el mapa en el mismo momento en el que lo anunciaron. Se informó de las distintas formas de aprender habilidades, de los caminos que tenía que seguir para dominar las suyas propias, de las limitaciones que le imponía su condición física y de las capacidades que se potenciaban gracias a ella. Y llegó a la conclusión de que, dada su complexión, el oficio óptimo para ella sería el de asesina.

Los primeros combates dentro el juego transcurrieron fluidos. Eran sencillos, ya que, a fin de cuentas, tendrían que convencer a los profanos de que ese juego era también para ellos. Encontraría más dificultad si se alejaba de la capital, Vilanor, o eso era lo que dictaba la lógica. Optó por la ruta que más facilitaría a su profesión: los espacios cerrados, las sombras en la noche y las rutas de escape amplias.

Evitó las misiones en un primer momento, ya que solo la vincularían a una zona de escasa dificultad, y se centró en despejar, por su propia cuenta, mazmorras enteras, acabando con los enemigos con precisión y de forma sistemática, sin dejar un solo superviviente. Y, cuando se encontraba con otro jugador, seguía avanzando, dando por saturada la zona de caza. Aún no era el momento de convertirse en una asesina de jugadores, puesto que, un descuido, y acabaría siendo ella la asesinada.

Sus primeras aventuras se acogieron con gran aceptación en las redes sociales. No solo estaban esperando con ansias ver de nuevo jugar a Ivana: otra parte importante de la comunidad, quería conocer todo sobre Eferia, cómo se vivía en primera persona, qué objetivos podían cumplir… y, por supuesto, cómo se movía una jugadora que era ya conocida por su habilidad en otros juegos.

Cruzó el camino hacia el sureste hasta llegar a un bosque, el lugar en el que tenía pensado desarrollar sus habilidades, y, al igual que había hecho en el trayecto, despejó sin dificultad un par de mazmorras. Con el dinero que había conseguido pudo agenciarse un atuendo que le redujera del sonido de sus pasos, y, de esa forma podía acercarse de maneras más sutiles a los enemigos desprevenidos. Además, sus dagas comenzaron a desgastarse, y encontró otro par de repuesto de muy buena calidad. También se agenció un kit de cuchillos arrojadizos. Después de los cambios, cuando pudo ver el reflejo de su personaje en el agua, le recordó al de un ninja.

Aunque apenas llevaba una semana desde que iniciara, su fama despejando mazmorras llegó hasta los oídos de un señor local, no controlado por jugadores, que quería sus servicios para completar una misión. Se hubiera negado, pero la recompensa que le prometieron era mucho mayor de la que podría conseguir saqueando varias mazmorras. Y aceptó.

Marchó con los soldados bordeando el bosque, y, para su sorpresa, fueron emboscados por unas criaturas extrañas: una mezcla entre ratas bípedas con mandíbulas de lobo, que les superaban en número. Ivana se escabulló entre sus enemigos con sigilo y, sin que llegaran a saber qué les sucedía, iba rebanando el pescuezo con firmeza. Sonreía mientras lo hacía, pues sabía que las imágenes quedarían espectaculares cuando finalmente editara el vídeo.

Tras el combate llegaron hasta una aldea devastada. Tan pequeña y tan devastada que no constaba del templo que dominaba casi todas las poblaciones de Eferia. En su lugar, se erigía un pequeño altar que le serviría como punto de resurrección en caso de que muriera. Tampoco había mercader al que vender lo que había saqueado del combate. El único edificio respetable era una fortaleza, bastante bien cuidada, que dominaba el terreno desde lo alto de una colina.

Quien la había reclutado estrechó la mano de otro soldado de brillante armadura y, sin saber muy bien cómo se vio arrastrada en mitad de la arenga. Una larga arenga, de casi quince minutos, que le hacía replantearse si merecía la pena la recompensa que se le había prometido. Cuando ya casi finalizaba el discurso, vio entrar a un único elfo, vistiendo unos harapos, portando en su espalda un arco y a su cadera un hacha, que se acabó colocando a su lado.

Aquel elfo no le gustaba. Era otro jugador, por cómo se movía. Por la seguridad que mostraba. No se había preocupado en tener un buen equipamiento. Es más, su hacha parecía robada de un leñador que la había abandonado. ¿Con este tendría que compartir su misión?

Odiaba combatir junto a novatos, aunque, dado que el juego era nuevo, tendría que enseñarle a sus espectadores cómo se comportaba un jugador que no era un experto como ella… no fueran a pensarse que todos los demás que habían comenzado en Eferia estaban a su mismo nivel.

A fin de cuentas, vivía de eso, ¿no?

Eferia Audiorrelatos: #2 El Rastro de la Bestia

Os dejo con el segundo audiorrelato: “El Rastro de la Bestia”. Espero que lo disfrutéis tanto como yo poniendo las voces que acompañan esta grabación ^^. Algunos las definirían como cutres, y yo puede que estuviera de acuerdo de no ser el locutor, pero otros sencillamente pensarían que estoy haciendo el mejor esfuerzo.
Para quienes quieran ahorrarse la longitud del vídeo, os dejo el texto debajo

Haber comenzado como cazador había sido una decisión mucho más reflexiva de lo que la mayoría de los jugadores había hecho. El tipo de videojuegos que siempre le había gustado se basaba en la caza de criaturas mucho más grandes que él: hacerse ver más poderoso ante un enemigo que, aparentemente, tenía todas las de ganar. Eferia no sería diferente.

Armado con un arco y una enorme hacha a dos manos, las armas que solía preferir en este tipo de juegos, Gubanon marchó hacia el suroeste, a las grandes llanuras, con la esperanza de que fuera allí donde las grandes bestias se podrían divisar desde una larga distancia.

Pero ya había pasado una semana y, aunque se había acostumbrado al sistema de combate del juego, no había encontrado ninguna presa que mereciera la pena. La mayoría eran lobos de gran tamaño, o algún oso que se alejaba demasiado de las zonas más boscosas.

Hasta que encontró la huella.

Aquella huella era mucho más grande que cualquier criatura que pudiera pisar la Tierra. Al menos, del tamaño de dos elefantes, a juzgar por la pisada y por cómo se hundía en el suelo. En ese momento, para Gubanon, empezó la verdadera cacería.

El rastro lo llevaba a través de pequeños bosques en los que la bestia se podía ocultar sin dificultad, y atravesaba pequeños arroyos, aunque se mantenía alejado de los grandes ríos. A cada paso que daba se sentía más cerca de la presa. Pero siempre parecía que esta avanzaba a un ritmo mayor.

Se frustró demasiado cuando el límite de tiempo lo alcanzó a altas horas de la madrugada, y casi trasnocha para continuar con su rastreo: pero sabía que era mejor combatir de día, especialmente si lo hacía sin un escuadrón.

La noche se le antojó inquieta por la emoción, y no descansó bien.

Esa misma mañana continuó a toda velocidad siguiendo las enormes huellas, que parecían estar esperándolo como si propusieran un desafío a superar, como si supieran que iban a comenzar la historia de un nuevo cazador que pasaría a los anales de Eferia de alguna u otra manera. Atravesó un valle y trepó una colina, y, finalmente lo vio.

Era una criatura hermosa: las líneas elegantes de sus patas le recordaban a la complexión de un caballo, o quizás un ciervo. Dos colmillos de moderado tamaño sobresalían de su mandíbula superior. También se fijó en que, en las patas, salteadas entre el pelaje, asomaban unas duras placas de queratina que dificultarían el enfrentamiento, ya que las armas rebotarían al impactar en ellas.

Se acercó con sigilo, puesto que sabía que el ataque inicial era vital para una cacería satisfactoria, y se ocultó en un matorral para observar los movimientos de su presa. Era importante conocer los patrones para que todo llegara a buen término, y, dado que no tendría una segunda oportunidad por la distancia que lo separaba del último santuario que había visitado, prefería optar por una observación minuciosa antes del ataque.

Se sorprendió al encontrar, agazapado detrás de un árbol, a otro jugador, acechando también a la criatura, tan quieto que tardó en distinguirlo entre el entorno. Gubanon abandonó su posición y se colocó junto a él. Sería mejor unir fuerzas que enfrentarse por cazar la misma presa.

-¿Vamos a medias? -preguntó Gubanon, dándole un sobresaltando al otro cazador.

-¡Maldita sea! ¡Qué susto…!

-Perdón por eso. Me llamo Gubanon y he venido a cazar a la criatura. Es mejor hacerlo en compañía, que estar enfrentándonos por ver quien lo consigue primero, ¿no crees?

Extendió una mano, y, tras unos momentos de duda, finalmente la estrechó.

-Me llamo… bueno, mi nick es Eriquito.

-Pues vamos a ello, ¿no? ¿Usas arma a distancia o cuerpo a cuerpo? -sin responder verbalmente, enseñó dos empuñaduras de sendas espadas cortas-.  En ese caso, ¿qué te parece si empiezo como apoyo desde la distancia y te cubro cuerpo a cuerpo para que ataques desde la espalda cuando lleves demasiado tiempo atrayendo su atención?

Pese al aparente entusiasmo de Gubanon, Eriquito se mantenía escéptico y desconfiado. No era su estilo cooperar con el primer jugador con quien se encontraba…

El combate, sin embargo, comenzó antes de que los dos estuvieran preparados, cuando la criatura se abalanzó contra ellos en una carga, levantando la cabeza para intentar clavar sus colmillos en los dos hombres desprevenidos.

-¡Mantengámonos a la defensiva al principio! -recomendó Gubanon. Por supuesto, como cazador experimentado en otros juegos similares, era lo que tenía pensado hacer su compañero.

Los primeros movimientos fueron poderosos, pero parecía que la criatura se cansaba con facilidad, momento en el cual aprovechaban para infligir daño con sus armas en las extremidades, ya que consideraban demasiado peligroso atacar a los puntos vitales de la criatura.

La bestia comenzó, entonces, a alterar las coces con las carreras cortas y los giros de cuello, aumentando la cadencia de sus ataques.

-¡Saco el arma a distancia! -informó Gubanon, que guardó su pesada hacha a dos manos para cambiar al arco.

Las flechas que disparaba tenían una baja cadencia, pero eran precisas. La mayoría de ellas impactaron en el abdomen, aunque con una tuvo la fortuna de lograr que se clavara en la mandíbula abierta de la criatura.

-¡Vuelvo al cuerpo a cuerpo! -volvió a avisar, al ver que, encolerizada, la bestia se dirigía hacia él.

Filo endemoniado! -gritó Eriquito, al ver que ya no recibía tanta atención y podía dedicarse al ataque. Sus espadas comenzaron a emitir una luz rojiza, signo de que la habilidad estaba activada. Lanzó la derecha, que se clavó con profundidad en la pierna de la criatura y salió a correr con rapidez tras ella. Empuñó el arma que aún le quedaba con su mano dominante, la derecha, y la lanzó de nuevo.

La criatura chilló del dolor y se detuvo en su carga, quizás por el daño recibido o quizás porque había perdido el interés en Gubanon. Este, sin embargo, tenía el hacha preparada para lanzar su propio ataque.

Incremento de peso! -gritó en el mismo momento en el que el hacha caía verticalmente. Estuvo a punto de soltar el arma al notar cómo esta incrementaba su peso enormemente. En el impacto, rompió una de las placas de la pierna, e hizo un corte profundo-. ¡Cancelar!

La bestia no sabía a quien apuntar, y Eriquito se aprovechó de esa duda para utilizar sus espadas, con un ágil movimiento, como agarres para que, por su propio peso, fueran desgarrando la piel y los músculos del animal.

Para sorpresa de ambos, la bestia comenzó a rodar por el suelo y, todo el esfuerzo que habían hecho hasta el momento se deshizo: Gubanon no pudo esquivar el cabezazo y salió despedido unos cinco metros. Por otra parte, Eriquito quedó aplastado por la criatura, y murió en el acto.

Mientras aún se intentaba levantar, Gubanon vio como la criatura cargaba a una velocidad mayor que la que había visto hasta el momento, y el colmillo de la criatura se clavó con fuerza en el pecho. La muerte fue inevitable.

Al abrir los ojos, se encontraba en el interior de la iglesia de Tigris. Frustrado por el fallo, pero con intención de volver a intentarlo, salió con ansia del edificio.

Para su sorpresa, frente a él, Eriquito contemplaba el despejado cielo del medio día.

-¿Qué me dices, compañero? ¿Un segundo intento?

-Claro -respondió Eriquito con una sonrisa.

Eferia Audiorrelatos: #1 Una Nueva Juventud

Tal y como os anuncié ayer, y para celebrar que hoy se lanza de forma oficial Eferia: Log In para aquellos que quieran saber más sobre el mundo de Eferia, lanzo una serie de Audiorrelatos que iré subiendo todas las semanas. He aquí el primero

Pablo había crecido con el mundo de los videojuegos. Desde que recibiera su primera consola cuando tenía trece años, jugando a aquel juego de un fontanero que tenía que rescatar a una princesa, había pasado tiempo. Mucho tiempo. Su pasión había sido siempre la misma y se la había trasmitido a sus hijos. Incluso comenzaba a inculcársela a sus jóvenes nietos. Pero sus articulaciones ya no respondían de la misma forma que lo hacían antaño, y tantos años de duro trabajo habían comenzado a pasarle factura.

Sin embargo, en la senectud fue cuando por fin se culminó la fantasía que, como a tantos jóvenes en su época, siempre le había entusiasmado: un videojuego que te obligaba a formar parte del mundo, a manejar tu propio cuerpo en la totalidad. Ese sueño había conseguido un nombre: Eferia.

La edad le había provisto de una paciencia de la que no gozaban los jóvenes, quienes sentían que el mundo podría acabarse en cualquier momento, por lo que no se compró el aparataje nada más estar disponible. Esperó a que se terminaran los primeros modelos de Full-In para obtener el suyo, sin asfixiantes aglomeraciones, en su domicilio. Y, pese a todo, se seguía sintiendo como la primera vez que cogió el mando para saltar sobre las setas enemigas.

El traje era algo incómodo de ataviarse, al menos, para su edad. Lo suficientemente ceñido como para que despertara achaques en las articulaciones que no quería reconocer por miedo a que su esposa le quitara la posibilidad de disfrutarlo. Pero, cuando comenzó la calibración y pudo caminar por la sala de inicio de sesión…

Todo dejó de doler. Era como el cuerpo que había tenido cuarenta años atrás, cuando comenzó a trabajar. Cuando dejó de lado sus sueños universitarios para ayudar a la dura economía familiar tras la muerte de su padre. Cuando se entusiasmó y se agobió, a partes iguales, ante la responsabilidad de un matrimonio y posteriormente, sus hijos. Había luchado tanto… Una lágrima brotó de sus ojos, y se sorprendió al notarla deslizándose por su mejilla.

Escuchó pacientemente todas las instrucciones que el holograma con forma de mujer que se había generado frente a él le iba ordenando, y se tomaba con calma los movimientos que cualquier joven hubiera intentado realizar en cuestión de segundos, pensando que perdería tiempo de juego. No estaba seguro de cómo reaccionaría su cuerpo a semejante ajetreo… y, en el fondo, le daba miedo.

Luego fue el turno de la creación de su personaje, que intentó ser una versión más joven de sí mismo, como le recordaban las fotografías que había sido su aspecto, que ahora se le antojaban tan extrañas como lo hicieron las fotos de su madre durante su puerperio. Se esforzó por recrearlo, aunque, como los editores de personajes nunca habían sido su especialidad, acabó creando a una persona completamente nueva. Dado que no podría, entonces, ser él mismo, optó por crear un hombre lagarto. Puestos a ser diferentes, viviría en una fantasía total. Como nombre de usuario, escogió el que le había identificado durante tantos años de diversión: PaulovCat

Se encontró en una pequeña cabaña a las afueras de una gran ciudad. Sus manos, antes callosas, ahora mostraban unas escamas rojizas, algo más clareadas donde debería estar la palma. Notaba un apéndice extraño, y, para su sorpresa, sentía el viento en sitios que no sabía que existían. Su cola. ¡Maldita sea! ¡Notaba que tenía una cola! ¿Cómo era eso ni siquiera posible?

Eufórico, terminó los tutoriales básicos, los mismos que realizaría cualquier jugador para reaparecer en la catedral y, cuando al fin obtuvo un arma, salió a cazar criaturas. No le interesaban las habilidades. Ni siquiera le interesaban, siendo honestos, las armas. Él quería poner a prueba su anciano cuerpo. Quería sentirse joven otra vez. Y la emoción de vivir, una vez más, la alegría de la caza, esta vez con un control perfecto en las articulaciones.

Notaba que se fatigaba con cierta facilidad, quizás debido a las características de su personaje, o quizás porque su cuerpo no podía seguir el ritmo de los jugadores más jóvenes, por lo que decidió coger el poco dinero que había conseguido para hacer lo que había sido siempre un clásico en los videojuegos de este estilo: pescar.

Un río fluía al lado de la enorme ciudad, lo suficientemente pequeño como para que solo lo navegaran balsas, pero lo suficientemente ancho como para que se necesitaran embarcaciones para cruzarlo.

Sacó su caña de pescar, y, con el cebo que había comprado, lo lanzó al agua. Movió sus piernas alegremente y esperó, con paciencia, a que los peces picaran. Suponía que, aunque no sería tan tedioso como podía llegar a serlo en la vida real, tampoco sucedería de forma instantánea, como en la mayoría de videojuegos.

Estaba en lo cierto: necesitó cinco minutos hasta que finalmente un pez picó, y, tras un forcejeo, consiguió arrastrarlo fuera del agua.

¡Has obtenido la habilidad “Pesca”!

El hecho de haber recibido el mensaje del sistema fue suficiente como para que PaulovCat se levantara de un sobresalto.

-¡Esto es increíble! -exclamó en voz alta.

-Increíble o no, cariño, acaban de llegar tus nietos -le informó una voz desde el auricular-. Y están preguntando como obsesos dónde se encuentra su abuelito.

A lo mejor otro jugador se hubiera enfadado porque estaban interrumpiendo su momento de descubrimiento, la nueva juventud que acababa de encontrar gracias a un videojuego, gracias a su pasión… pero Pablo no era así. Había trabajado mucho para ver a su familia alegre y feliz y sabía que habría tiempo de sobra para disfrutar de ambas pasiones.”

Proyecto: Audiorrelatos

Hola a todos. Como supongo que sabréis (aunque no me he dignado a hacer un post aquí para contarlo por esta vía) se ha lanzado mi nueva novela, Eferia.

Como parte de la promoción había pensado crear relatos cortos que animaran al lector a iniciarse en este nuevo mundo… pero me hallaba componiendo un día y dije… ostras, esto quedaría muy bien de fondo mientras alguien habla… ¿y si lo convierto en audiorrelatos?

Así que en este momento me hallo preparando y editando los últimos bocetos de los audiorrelatos, que compartiré por aquí (y de aquí a las redes sociales. También se podrán escuchar por su cuenta en Youtube, claro está, pero aquí se dispondrá del texto para ser leído también.

¡Esperad pacientemente, y tendréis más noticias sobre el tema!

Retomando la poesía

Hace tiempo, cuando me decidí porque quería pasar una buena parte de mi tiempo compartiendo historias con el mundo, comencé con lo que parecía más fácil en mi tierna infancia: la poesía. En aquel momento, la concebía como palabras que rimaban, siguiendo una línea general de pensamiento. Quizás como un cantar. Lo dejé en eso, y la cultivé con mis más y mis menos. Hace mucho que no escribo poesía, pero, como muchas de las cosas buenas, la idea vino a mi mente, y, en vez de dejarla morir, la anoté en el teléfono, y ahora la comparto con vosotros. Espero que os guste.

 

Es vacío.

Lo que el Sol no ensombrece,

lo que la vida no se lleva,

lo que el tiempo no mata.

Todo eso es vacío.

 

Aquello en lo que pensamos sin plasmarlo.

Aquello que nos dejó de importar.

Aquello que olvidamos.

Todo vacío.

 

Un vacío, tan apagado como solo el vacío puede serlo.

 

Lo que la miseria arrastra,

Lo que nuestros miedos no calman.

Lo que el agua limpia.

Siempre vacío.

 

Lo que las caricias no recogen,

Lo que los susurros no callan.

Lo que las palabras no perdonan.

Vacío.

 

Un vacío, esperando ser llenado.

El Preso – Batalla de Promoción

Era un día soleado, como casi todos los días en Van’Thur. De hecho, para un campesino, para un gobernante o para un forjador de vidrio aquel hubiera sido un día más en el gobernante. Pero para un joven de trece años, aquel día era un día decisivo. Aquel día combatiría en la Arena para lograr el ansiado puesto de capitán que llevaba persiguiendo dos años.

Capitán no era el mayor rango que se podía obtener en la Arena. El mayor era Caudillo. Pero el muchacho no quería esa responsabilidad. Él quería permanecer bajo las órdenes de un caudillo que respetaba desde el mismo momento en el que habló con ella. Él solo deseaba formar parte de las batallas grupales al lado de su hermana. Pero para conseguirlo, debía vencer en aquel combate.

Como en todas las batallas de ascensión, el escenario sería injusto para él. Probablemente se enfrentara a un capitán y dos gladiadores al mismo tiempo. Pero también era cierto que no necesitaba que el combate terminara con una apabullante victoria por su parte. Como le había aconsejado su instructor hacía tiempo, lo único que necesitaba era dar espectáculo.

La Arena, el enorme edificio de madera y piedra, estaba abarrotada ese día, como cualquier día en el que el muchacho competía. La multitud lo incomodaba, porque suponía que un fracaso sería observado por muchos espectadores distintos. Pero, por otra parte, ya se había acostumbrado a la presión que suponía. Llevaba más de dos años combatiendo en la Arena. Estaba preparado para los días como aquel.

Un mago regordete, con una larga cabellera recogida en una coleta, y vistiendo una túnica dorada, se acercó al muchacho, que miraba desde la zona de descanso el combate previo al suyo.

-No estés nervioso –le indicó al muchacho.

-No estoy nervioso, Jiateng –respondió él.- No más que en cualquier otro combate. Es solo que esperaba que Váinu me diera unos consejos previos.

-Eso es estar nervioso –le respondió con una sonrisa.- Tú solamente no te contengas. Podrías llegar a caudillo si quisieras.

El joven le respondió con una sonrisa alegre. Las palabras de Jiateng eran sinceras, y él lo sabía. Aunque muchas veces su confianza flaqueara, se tenía a sí mismo en buena estima, y sabía perfectamente que su capacidad era comparable a la de los mejores de la Arena. Él incluso pensaba que, si nadie conocía su habilidad, podría batir a cualquier mago con el que se enfrentara. Pero esos pensamientos le sobrevenían porque aún era joven, y no conocía todos los sabores de la derrota.

El combate previo finalizó con un estruendoso aplauso, y el muchacho se preguntó si realmente era merecedor de aquello. En su juvenil mente, pensó que probablemente se debiera a la expectación que generaba, normalmente, un combate por el ascenso. Y, especialmente, un combate suyo.

Los dos combatientes llegaron a la zona de descanso y saludaron al muchacho con una sonrisa. Él devolvió los saludos educadamente, y aconsejó a los dos combatientes sobre lo que podrían mejorar en el combate. Pero en mitad de la explicación, el locutor que anunciaba los combates comenzó a hablar para indicar que se acercaba un nuevo combate de ascenso.

El muchacho se disculpó y se colocó en el borde de la Arena. Esperando que su nombre fuera mencionado.

-¡Y el combate de promoción de hoy, no es nada más y nada menos que el de una de nuestras más preciadas estrellas! ¡El Destello Blanco! ¡Jael Delavon!

Haciendo honor a su apodo, se desplazó a una velocidad que el ojo no podía captar, y se colocó en su posición inicial con una abrumadora precisión, teniendo en cuenta lo rápido que había llegado hasta ahí. Su túnica blanca hacía juego con su pelo blanco, que se ondeaba por efecto del viento que había provocado su rápido movimiento.

-¡Aspira a convertirse en capitán del equipo de la caudillo Íone!

Jael se quedó de piedra. No era ese el equipo del que quería formar parte. Quería ir con Eraina. Pensó en protestar, pero supuso que era demasiado tarde. De todas formas, Íone era una buena amiga, y la chica con quien entrenaba regularmente. No le molestaba demasiado acabar peleando a su lado. De hecho, probablemente se compenetrara mejor con ella que con su hermana.

-Y… frente a él, se encuentra uno de los capitanes del equipo de Ethelos, junto con dos de sus gladiadores. ¿Podrá Jael hacerle frente a estos ingeniosos púgiles? ¿O será derrotado sin conseguir sus metas? ¡Veámoslo! ¡Que empiece el combate!

Todo sucedió instantáneamente, y nadie podría decir que sucedió primero. El suelo se inundó, y de él se alzaron tres pilares de hielo sobre los que se alzaban los tres miembros contra los que se enfrentaba Jael. Por otra parte, el muchacho se había colocado justo detrás del capitán, aunque los cambios en el terreno habían provocado que llegara desestabilizado.

El muchacho intuyó un ataque del que había escogido como presa, y no tuvo más remedio que saltar. Pero la posición que había seleccionado estaba inundada por agua. No había tenido tiempo de ver cómo habían inutilizado su capacidad de desplazamiento.

Si cualquier rastro de magia llegaba a tocar la túnica de Jael, con la excepción de los pies y las manos, habría perdido. Luego, el agua a la altura de las rodillas que cubría la totalidad de la Arena impediría que Jael pudiera realizar sus rápidos movimientos.

Aprovechó al máximo sus reflejos y creó una pequeña barrera de hielo en sus pies. Pero dos bolas de fuego de un tamaño considerable aparecieron a ambos flancos. Dado que no podía moverse, solo pudo protegerse del ataque con un escudo que cubriera también la delicada plataforma de hielo sobre la que se encontraba.

En ese momento, el hielo comenzó a derretirse, y Jael sintió que quizás no pudiera ganar ese combate. Pero si perdía de una forma tan estrepitosa, sus contrincantes sabrían cómo reaccionar a partir de ese momento, y perdería la considerable ventaja que le otorgaban sus rápidos desplazamientos.

Al ver cómo el hielo se fundía bajo sus pies una idea cruzó su mente. Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para mantener el escudo mientras soportaba el calor abrasador del fuego, y consiguió sostenerlo mientras centraba su atención en los pilares de hielo sobre los que reposaban sus enemigos.

Nada pareció moverse durante diez segundos. Pero el capitán del equipo enemigo comenzaba a acumular una peligrosa cantidad de hielo sobre la cabeza de Jael, que no se percataba de ese hecho.

El bloque de hielo comenzó a caer, y Jael saltó de su pilar en la única dirección posible, hacia atrás. Pero sus oponentes habían previsto eso, y varias bolas de fuego se apresuraron a cortarle el paso. En ese momento, el capitán del equipo se quedó paralizado, y Jael brilló de color rojo carmesí.

Esa era la señal de que había conseguido su objetivo. Había derrotado al primero de sus oponentes. El pilar de hielo sobre el que se apoyaba desapareció como si nunca hubiese existido, y comenzó una caída al vació.

Jael chistó. No había pensado en eso. Haciendo de nuevo acopio de toda su voluntad y de su capacidad mágica, aprovechó para intentar realizar una hazaña que no había probado hasta el momento.

Reforzó el soporte sobre el que se apoyaba e intentó desplazarse hacia un punto en el aire. Al mismo tiempo, se concentró y crear un chorro ascendente de agua que amortiguara la caída de su oponente.

Pero el desplazamiento no salió como se esperaba. Apareció a unos centímetros sobre el nivel del agua, y tuvo que improvisar un soporte de hielo, que no fue suficiente para mantenerlo en el borde.

Aprovechándose de un ejercicio que había practicado durante su primera semana en Van’Thur, creó una fina película de hielo desde sus pies, lo justo como para que el agua en la que pisara se convirtiera en un lago congelado. Pero aquella era una situación precaria. Sus oponentes eran los que controlaban el agua. Ante un escudo tan débil como aquel, sería fácil sorprenderle desde debajo.

Una luz cegadora provino desde debajo del agua, y Jael saltó hacia un pilar de hielo algo más sólido que creaba en ese mismo momento. Mientras estaba en el aire, un relámpago surgió desde la mano de su oponente de la izquierda. Mientras se protegía del impacto, el último pilar de hielo que había creado comenzó a quebrarse.

Estaban utilizando el mismo truco que había creado para derrotar al capitán. Estaban fundiendo el interior de su columna para que los vapores, producto de la magia, tocaran su túnica y lo declararan como perdedor.

Sin poder desplazarse, y sintiendo que sus escasas reservas mágicas llegaban a su límite, Jael se centró en crear un escudo que desviara la mayor parte de los ataques, sin centrarse en detenerlos. Lo cual era una apuesta arriesgada frente a oponentes del nivel de sus contrincantes.

Los movimientos respiratorios de Jael se volvieron rígidos y forzados. Inspiraciones y espiraciones largas y lentas. Como si pretendiera así detener el tiempo a su alrededor. Mientras tanto, el vapor a presión golpeaba el escudo que había creado en su parte inferior.

En un instante, la Arena se tornó negra como la noche más profunda. Una sombra apareció al lado de uno de los oponentes, y se defendió con un relámpago de gran violencia. Si hubiera habido alguien allí, desde luego que no hubiera podido detenerlo. Pero allí no había nadie, solo una sombra.

Pero eso era todo lo que el muchacho de pelo blanco necesitaba. Lanzó dos pequeños cubos de hielo sobre el agua cercana a sus contrincantes y esperó un segundo ataque similar. Además de las bolas de fuego que rápidamente atacaron los puntos a los que Jael había atacado, apareció una potente luz, que disipó la oscuridad.

Para sorpresa de los espectadores, Jael había desaparecido. Debía de seguir en la Arena, porque sus rivales no brillaban con el carmesí de la victoria. Pero no estaba en ningún lugar. El desconcierto se hizo presa de la multitud, incluidos del capitán, que ya se encontraba en la zona de descanso, y de los dos gladiadores, que buscaban sin parar al púgil de cabello blanco.

Pasaron diez segundos, y nada parecía cambiar en la Arena. Poco a poco, el nivel del agua comenzó a disminuir, con la esperanza de encontrar al mago de pelo blanco oculto bajo ella. Si hubieran mantenido la calma, sabrían que, de ser así, lo hubieran sentido a través de su magia.

Pero eso era todo lo que Jael necesitaba.

En un instante, el pilar de hielo que hasta ese momento había sido su soporte se quebró en mil pedazos. El sonido llamó la atención de todo el mundo, pero solo unos pocos pudieron distinguir la estela blanca que salía desde su interior y se colocaba en la espalda de uno de sus rivales.

Los innumerables ataques que habían lanzado hacia donde se encontraba el pilar se detuvieron en un instante. Jael volvía a brillar de rojo carmesí.

Sin perder un instante, se desplazó a la espalda del oponente restante, y creó una cegadora luz en sus ojos. Jael sabía que el tiempo que había tardado en llegar con el pequeño retraso que suponía haber brillado de rojo, habían sido tiempo suficiente como para que creara un escudo inexpugnable con la poca magia que le quedaba.

Pero eso no le importó.

Con un espectacular efecto de llamas, su puño atravesó la invisible barrera de su oponente que se astilló en varios pedazos, que brillaron bajo el fuego del brazo de Jael. Finalmente, el brazo golpeó en la túnica de su rival, y Jael brilló por tercera vez de color carmesí.

Cuando el combate finalizó, Jael perdió levemente el equilibrio. Las personas cercanas a él sabían lo que aquel gesto significaba, pero nadie movió un dedo. Él, por sus propios medios, se inclinó ante la ovación del público, y caminó hacia la zona de descanso.

Íone lo esperaba allí, pero Jael no reparó en su presencia hasta que prácticamente chocó con ella. Las manos estaban sudorosas, y la cara, blanca como su cabello.

-Has vuelto a agotar tu magia, ¿verdad? –La voz de Íone entremezclaba un leve enfado y un toque de ternura.

-No me esperaba que fueran a impedirme los desplazamientos así. Parece que a partir de ahora tendré que andarme con ojos.

-Ahora estás bajo mi mando –respondió ella con cierto orgullo. Los ojos verdes se clavaron en los de Jael, y no pudo evitar sonreír.

-Si no te molesta que me siente… sabes que no me suelo encontrar muy bien después de agotar la magia.

-Claro –Íone lo miró con una sonrisa, que resaltó mucho más la ternura. Jael desvió la mirada, tímido.- Pero que me digas que te sienta mal perder la magia cuando la mayoría no podría moverse durante dos días, es algo casi insultante.

-Es que… -Jael intentó pensar algo para excusarse, pero no le venía nada a su mente.

-Está bien –Íone se sentó a su lado.- Pero no puedes estar aquí mucho tiempo. Ahora empieza la ronda de felicitaciones.

-Solo de pensarlo me dan ganas de desplazarme a las Dependencias.

-¡Ay!, si tan solo tuvieras un poco de magia para hacer eso.

Los dos se miraron y rieron de la forma que solo la juventud puede hacerlo

Relatos cortos

La verdad es que como el blog de un escritor, esto deja bastante que desear. Estoy seguro de que muchos pensáis así, y por eso mismo he pensado en qué podía hacer para convertirlo más en el blog de un escritor, y la primera solución que me ha venido a la cabeza ha sido la de publicar aquí, y solo aquí varios relatos cortos, ya sean independientes o ligados a las obras que vaya publicando.